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Editorial

Coahuila, un estado para vivir mejor

El Ahuizote
El Ahuizote
julio 20, 2026

El desarrollo de un estado se evalúa casi siempre mediante indicadores económicos. La conversación pública gira alrededor del crecimiento del Producto Interno Bruto, la inversión extranjera, el número de empleos generados, la construcción de infraestructura o la competitividad regional. Pero se han incorporado variables relacionadas con la seguridad pública, la cobertura educativa, los servicios de salud y la reducción de la pobreza. Sin embargo, durante mucho tiempo permaneció prácticamente ausente una pregunta que, aunque parece sencilla, resulta mucho más compleja de responder, ¿qué tan satisfecha está la gente con la vida que lleva?

Responder esa interrogante obliga a cambiar completamente la perspectiva desde la cual se evalúa el desempeño de una sociedad. Ya no basta con contabilizar carreteras, hospitales o parques industriales. Tampoco resulta suficiente medir el crecimiento económico o la recaudación fiscal. Lo verdaderamente relevante consiste en conocer si las personas perciben estabilidad, si consideran que tienen oportunidades reales para desarrollarse, si sienten libertad para decidir sobre su futuro y, en términos generales, si experimentan bienestar en su vida cotidiana.

Precisamente bajo esa lógica fue diseñada la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), cuyos resultados correspondientes a 2025 colocaron a Coahuila como la entidad con mayor satisfacción con la vida en México, con una calificación promedio de 8.85, superior al promedio nacional de 8.62.

La cifra, por sí sola, resulta relevante. Pero su verdadero significado aparece cuando se comprende qué es exactamente lo que está midiendo.

La ENBIARE no es una encuesta de aprobación gubernamental. No mide simpatías partidistas, preferencias electorales ni popularidad de funcionarios públicos. Tampoco califica administraciones. Evalúa la percepción que las personas mayores de edad tienen sobre su propia existencia a partir de dimensiones como el equilibrio emocional, la satisfacción con la vida, las relaciones familiares, la salud mental, el sentido de propósito, la seguridad económica y distintos aspectos del entorno donde viven.

En otras palabras, el INEGI no pregunta únicamente cómo está un estado. Pregunta cómo se sienten quienes viven en él. Esa diferencia metodológica cambia por completo la interpretación de los resultados.

En las últimas dos décadas, organismos internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la Organización de las Naciones Unidas y diversos centros de investigación especializados en políticas públicas han impulsado una transformación profunda en la manera de evaluar el desarrollo. Hoy existe un consenso cada vez mayor, el crecimiento económico, por sí solo, resulta insuficiente para explicar la calidad de vida de una población.

Una economía puede crecer mientras aumenta la ansiedad social. Puede generar riqueza sin fortalecer el tejido comunitario. Puede atraer inversiones y, al mismo tiempo, producir incertidumbre, estrés o deterioro institucional.

Por ello comenzaron a desarrollarse indicadores de bienestar subjetivo. No sustituyen las variables económicas tradicionales; las complementan.

La pregunta dejó de ser únicamente cuánto produce una sociedad. Ahora también importa saber cómo viven las personas ese desarrollo.

Bajo esa perspectiva, el resultado obtenido por Coahuila adquiere una dimensión mucho más amplia. No significa, por supuesto, que la entidad carezca de problemas. Sería un error interpretar el primer lugar como una ausencia de desafíos.

La propia encuesta identifica áreas donde existe una percepción claramente menos favorable. También se observan áreas de oportunidad relacionadas con el medio ambiente, el nivel socioeconómico y diversos aspectos de la vida urbana.

Lejos de debilitar el estudio, estas diferencias fortalecen su credibilidad. Las mejores mediciones son precisamente aquellas que permiten identificar fortalezas y debilidades de manera simultánea.

No existe una sociedad perfecta. Pero sí existen sociedades que, aun reconociendo sus problemas, consideran que las condiciones generales permiten construir un proyecto de vida. Ese quizá sea uno de los hallazgos más interesantes.

Las dimensiones donde Coahuila presenta mayores niveles de satisfacción corresponden precisamente a factores estrechamente vinculados con la estabilidad institucional, la libertad para decidir sobre la propia vida, la vivienda, las relaciones familiares, la actividad principal que realizan las personas y la salud mental.

No se trata de variables aisladas. Las ciencias especializadas en estas áreas, demuestran que estos indicadores suelen fortalecerse cuando existen condiciones relativamente estables de seguridad, empleo, inversión, continuidad administrativa y confianza institucional.

Las personas difícilmente desarrollan proyectos de largo plazo cuando viven bajo incertidumbre permanente. La estabilidad no garantiza felicidad. Pero la incertidumbre casi siempre deteriora el bienestar. Por ello, el concepto de bienestar termina estrechamente relacionado con la capacidad que tiene una sociedad para ofrecer certidumbre.

La posibilidad de encontrar empleo, mantener un patrimonio, emprender un negocio, educar a los hijos o simplemente planificar el futuro depende, en buena medida, de la confianza que los ciudadanos depositan en la permanencia de la continuidad y la estabilidad institucional.

Esa confianza constituye uno de los activos más importantes de cualquier comunidad. Desde esta perspectiva, resulta inevitable analizar el contexto de Coahuila durante los últimos años.

La entidad ha construido buena parte de su estrategia de desarrollo alrededor de tres ejes relativamente consistentes, fortalecimiento de la seguridad pública, atracción de inversiones productivas y generación de empleo formal.

Naturalmente, la eficacia específica de cada política pública puede y debe debatirse.

Sin embargo, cuando un indicador nacional refleja altos niveles de satisfacción con la vida, resulta metodológicamente razonable preguntarse si existe una relación entre esas estrategias sostenidas y la percepción ciudadana.

Las políticas públicas rara vez producen resultados inmediatos. Su verdadero impacto suele observarse cuando diferentes acciones comienzan a acumular efectos durante varios años.

Precisamente por eso el bienestar constituye un fenómeno esencialmente acumulativo. No aparece por una decisión administrativa aislada. Es consecuencia de múltiples factores que interactúan simultáneamente, crecimiento económico, cohesión social, confianza institucional, oportunidades laborales, movilidad social, acceso a servicios, relaciones familiares y percepción de seguridad. Construir bienestar requiere tiempo. Perderlo puede tomar apenas unos cuantos años.

Existe otro aspecto particularmente revelador de la ENBIARE. Las diferencias entre entidades federativas resultan relativamente pequeñas.

Incluso los estados ubicados en los últimos lugares mantienen promedios superiores a ocho puntos sobre diez. Ello permite concluir que, pese a las profundas diferencias regionales, la población mexicana conserva una valoración relativamente positiva sobre su propia vida.

La verdadera diferencia aparece en los márgenes. Décimas que reflejan condiciones institucionales distintas. Y esas décimas pueden representar millones de decisiones individuales relacionadas con permanecer en un estado, invertir, emprender o formar una familia.

También resulta interesante observar que el bienestar no siempre coincide con los mayores niveles de riqueza. Las mediciones internacionales demuestran que existen territorios extraordinariamente prósperos cuyos habitantes reportan menores niveles de satisfacción que sociedades con ingresos más moderados, pero con mayores niveles de cohesión social, confianza comunitaria y estabilidad institucional.

El bienestar, por tanto, no depende únicamente del dinero. Depende de la manera en que las personas perciben su presente y visualizan su futuro.

La administración estatal ha interpretado estos resultados como una validación de las políticas implementadas durante los últimos años. Esa lectura forma parte del debate político y resulta comprensible desde la lógica gubernamental. No obstante, desde una perspectiva institucional, el dato trasciende cualquier administración específica.

El bienestar social siempre termina siendo una construcción colectiva. Participan gobiernos, empresas, universidades, organizaciones civiles y, sobre todo, los propios ciudadanos.

Ninguna política pública puede fabricar relaciones familiares sólidas, confianza interpersonal o sentido de pertenencia. Esos elementos pertenecen al tejido social. Y probablemente ahí radica una de las principales fortalezas de Coahuila. La estabilidad institucional encuentra mejores resultados cuando existe una sociedad capaz de apropiarse de ella.

El verdadero desafío comienza ahora. Porque las encuestas de bienestar no funcionan como una meta definitiva. Funcionan como un sistema permanente de evaluación. Permiten identificar fortalezas, detectar retrocesos y orientar nuevas decisiones públicas.

Gobernar después de alcanzar el primer lugar resulta mucho más complejo que conseguirlo. Porque ya no basta con mejorar. Ahora existe la responsabilidad de conservar aquello que permitió llegar hasta ahí.

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja la ENBIARE 2025. Durante décadas aprendimos a medir crecimiento económico, exportaciones, infraestructura o inversión. Hoy comenzamos también a medir algo mucho más cercano a la vida cotidiana. La percepción que las personas tienen de sí mismas, de su comunidad y de su futuro.

Porque, al final, el éxito de cualquier política pública termina respondiendo a una pregunta mucho más sencilla que cualquier indicador económico, ¿las personas sienten que viven mejor? Según el INEGI, ninguna entidad obtuvo una respuesta tan favorable como Coahuila. Y eso representa mucho más que un reconocimiento estadístico. Representa la responsabilidad de seguir construyendo condiciones para que el bienestar deje de ser únicamente un indicador y continúe convirtiéndose, todos los días, en una experiencia tangible para quienes llaman a este estado su hogar.

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