Durante años, en Coahuila hemos hablado de seguridad como uno de los principales activos del estado. Se habla de carreteras transitables, ciudades donde las familias pueden desarrollar su vida con tranquilidad, inversiones que encuentran condiciones para establecerse y una percepción de seguridad que contrasta con la realidad que enfrentan muchos otros estados. Con el tiempo, esa condición puede comenzar a parecernos normal. No lo es.
El 25 de agosto nos lo recordó. En una zona de brechas del municipio de Candela, cerca de los límites con Nuevo León, elementos de la Policía Estatal realizaban recorridos de vigilancia cuando detectaron un vehículo sospechoso. Al marcarle el alto, sus ocupantes respondieron con disparos. Los policías repelieron la agresión. Durante el enfrentamiento uno de los elementos estatales resultó gravemente herido. Fue trasladado todavía con vida para recibir atención médica, pero posteriormente falleció. Su nombre era Mauro Flores Rodríguez. Tenía más de una década de servicio en corporaciones de seguridad.
Detrás de esos datos existe una historia mucho más grande. Mauro Flores era policía. Eso significa que mientras la mayoría de nosotros vivíamos un día normal, él estaba recorriendo una brecha en uno de los límites del estado. Significa que su trabajo consistía precisamente en encontrarse con aquello que los demás esperamos no encontrar nunca. Significa que cuando un grupo armado intentó avanzar para ingresar al estado, él y sus compañeros no pudieron simplemente dar vuelta y esperar que alguien más resolviera el problema. Respondieron porque ésa era su responsabilidad. Y Mauro perdió la vida haciéndolo.
Es difícil hablar de seguridad sin caer en estadísticas, indicadores y comparaciones. Todo eso es necesario para evaluar políticas públicas. Pero acontecimientos como el de Candela obligan a quitar los números de la mesa y recordar que ninguna estrategia funciona exclusivamente mediante patrullas, cámaras, cuarteles, helicópteros o presupuestos.
Al final siempre hay una persona. Alguien conduce la patrulla. Alguien permanece en una carretera o en un camino. Alguien recibe el reporte. Alguien decide avanzar hacia el peligro cuando cualquier reacción humana normal indicaría alejarse. Y detrás de esa persona existe una familia que sabe que cada jornada puede implicar un riesgo, que quienes vivimos protegidos por ese trabajo pocas veces dimensionamos.
Por eso esta editorial no pretende analizar únicamente un enfrentamiento ocurrido en Candela. Pretende reconocer a Mauro Flores Rodríguez y, a través de él, a las mujeres y hombres que integran las corporaciones de seguridad de Coahuila y que todos los días sostienen una parte fundamental de la tranquilidad que disfrutamos.
La seguridad pública suele hacerse visible únicamente cuando falla. Pero cuando la seguridad funciona sucede algo diferente, prácticamente desaparece de nuestra vida cotidiana.
Podemos salir. Podemos viajar. Podemos trabajar. Podemos llevar a nuestros hijos a la escuela. Podemos abrir un negocio. Podemos regresar por carretera. Y rara vez pensamos en toda la estructura necesaria para que esa normalidad exista. La tranquilidad es silenciosa; y por eso resulta fácil olvidar cuánto trabajo cuesta conservarla.
Coahuila aprendió hace años, probablemente de la manera más dolorosa posible, que la seguridad no puede darse por garantizada. El estado conoció etapas en las que diferentes regiones enfrentaron condiciones radicalmente distintas a las actuales. Aquella experiencia dejó una enseñanza institucional que ha trascendido administraciones, en materia de seguridad, retroceder puede resultar extraordinariamente costoso.
De ahí que la política de seguridad se haya convertido en una política de Estado y no simplemente en un programa sexenal. Esa continuidad importa. Porque una sociedad no puede permitirse comenzar de cero cada seis años. Mantener corporaciones capacitadas, fortalecer inteligencia, preservar coordinación con las Fuerzas Armadas, vigilar límites territoriales y conservar capacidad de reacción requiere continuidad institucional.
La administración de Manolo Jiménez ha colocado esa responsabilidad entre sus principales prioridades. No solamente desde el discurso, sino manteniendo una estrategia que parte de una idea básica, impedir que los grupos criminales ocupen espacios dentro del territorio estatal.
Candela ofrece una explicación concreta de lo que significa esa estrategia. Los policías no llegaron después del problema. Ya estaban ahí.
El enfrentamiento ocurrió precisamente porque existía vigilancia en una zona de brechas cercana al límite estatal. Los elementos detectaron el vehículo, intentaron detenerlo y reaccionaron ante una agresión. Posteriormente se desplegaron fuerzas estatales y federales, se reforzó la zona y participaron la Agencia de Investigación Criminal, Ejército Mexicano, Guardia Nacional y Marina. También se realizaron patrullajes aéreos y terrestres para buscar a posibles involucrados y mantener el control territorial.
Esa secuencia explica una parte importante del modelo de seguridad de Coahuila, presencia, reacción y coordinación.
Ninguna de esas palabras es particularmente especial. Pero juntas producen resultados. La presencia permite detectar. La reacción evita que una amenaza avance. La coordinación permite responder con mayor capacidad cuando la situación supera a una sola corporación. Y para que todo funcione se necesitan mandos capaces de convertir una estrategia política en operación cotidiana.
Ahí merece mencionarse el trabajo del ingeniero Héctor Flores, subsecretario de Operación Policial de la Secretaría de Seguridad Pública. La tragedia de Candela tiene para él además una dimensión profundamente personal, Mauro Flores Rodríguez era su hermano. La circunstancia hace todavía más difícil cualquier reconocimiento.
Porque detrás del mando encargado de coordinar operaciones existe esta vez un hermano que perdió a otro hermano dentro de la misma tarea a la que ambos han dedicado parte importante de su vida. No hace falta agregar nada más. El hecho habla por sí mismo.
Héctor Flores representa también a una generación de mandos operativos que conocen el territorio, las corporaciones y los riesgos que enfrenta el estado. Una estrategia de seguridad puede diseñarse desde una oficina, pero su eficacia depende de quienes saben convertirla en despliegues, protocolos, patrullajes y decisiones tomadas en segundos.
El fiscal general del estado, Federico Fernández Montañez, también asumió personalmente la coordinación de los hechos. Se trasladó a la región, mantuvo comunicación con fuerzas federales y participó en las acciones destinadas a reforzar el blindaje de la zona. La Fiscalía no cumple únicamente una función posterior al delito. Dentro del modelo coahuilense forma parte de una estrategia en la que investigación, inteligencia y operación deben mantenerse conectadas.
Esa coordinación institucional ha sido uno de los elementos que distinguen a Coahuila. No significa que el estado sea inmune al delito. Ningún territorio lo es. Tampoco significa que puedan dejar de existir riesgos. Presentar la seguridad como una condición absoluta sería poco serio y además contraproducente, porque el primer requisito para conservarla consiste precisamente en no bajar la guardia.
Lo ocurrido en Candela demuestra que las amenazas existen. El hecho de que personas armadas provenientes de otras entidades fueran detectadas en una brecha limítrofe confirma que Coahuila forma parte de una región mucho más compleja y que las organizaciones criminales no reconocen fronteras administrativas. Uno de los civiles muertos era originario del Estado de México y otro de Nuevo León, según la información proporcionada por las autoridades.
El gobernador Manolo Jiménez merece reconocimiento por mantener la seguridad como una prioridad. Federico Fernández merece reconocimiento por encabezar una Fiscalía integrada a esa coordinación. Héctor Flores y los mandos operativos merecen reconocimiento por sostener diariamente la parte más compleja de la estrategia.
Pero, por encima de todos, el reconocimiento pertenece también a quienes salen a territorio. A los policías cuyo nombre nunca conocemos. A quienes pasan días y noches en carreteras y brechas. A quienes trabajan mientras nosotros estamos con nuestras familias. A quienes deben tomar decisiones en segundos. A quienes alguna vez han regresado a casa después de una jornada difícil sin contar lo que ocurrió para evitar preocupar a los suyos. Y a quienes, como Mauro Flores Rodríguez, alguna vez ya no regresan.
Hay una frase frecuente cuando muere un elemento de seguridad, “cayó en cumplimiento de su deber”. La repetimos tanto que corremos el riesgo de vaciarla de significado. Cumplir con el deber, en su caso, significó permanecer en su posición cuando comenzó una agresión armada. Significó proteger a sus compañeros. Significó impedir el avance de personas que representaban una amenaza. Y finalmente significó entregar la vida. Las sirenas que acompañaron su despedida fueron el último reconocimiento de sus compañeros antes de que sus restos fueran entregados a su familia. Durante más de una década formó parte de corporaciones municipales y estatales; y el 25 de agosto terminó su servicio.
Coahuila ha construido durante años una condición de seguridad que hoy forma parte de su identidad y de la vida cotidiana de millones de personas. Esa realidad tiene instituciones detrás, tiene decisiones políticas, tiene inversión, coordinación y estrategia. Pero también tiene nombres. Mauro Flores Rodríguez es uno de ellos. Y quizá ésa sea la reflexión que Candela debe dejarnos. Cuando hablamos de que Coahuila vive en paz, no estamos hablando de una abstracción. Estamos hablando del resultado del trabajo de miles de personas que decidieron asumir la responsabilidad de proteger a otras.



