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Opinión

Conciencia de clase

Isra Reyes
Isra Reyes
marzo 18, 2025

Escribo esto desde el cierre de algún día de la semana pasada, pensando y procesando los horrores que aún tenemos normalizados en nuestro país; también en nuestra clase política que sigue cometiendo los errores del pasado y de lo importante que es militar (en el partido que sea) con conciencia de clase. Esto último recordando (gracias a TikTok) la publicidad que la primera dama de Nuevo León realizó en sus redes sociales sobre un purificador de aire para el hogar de precio inasequible para la mayoría del pueblo EN MEDIO DE UNA CRISIS AMBIENTAL.

Desde que el ser humano comenzó a organizarse en sociedades, ha existido una línea invisible que divide a quienes tienen el poder de quienes lo sufren. Durante siglos, esa línea ha sido dibujada con el oro de unos pocos y con el sudor de muchos. Y aunque el término «conciencia de clase» lo popularizó Karl Marx en el siglo XIX, la idea en sí es más vieja que el hambre y la explotación.

La conciencia de clase surge en el momento en que una persona deja de verse como un individuo aislado y empieza a entenderse como parte de un grupo que comparte condiciones, problemas y enemigos. No es lo mismo pensar «estoy batallando para pagar la renta» que darse cuenta de que «millones de personas como yo están en la misma situación porque el sistema está diseñado para que unos cuantos acumulen todo». Ese salto, esa chispa en la mente, es lo que separa la resignación de la lucha.

Pero la conciencia de clase no se trata solo de saber que el sistema es desigual, sino de tomar acción. No basta con ver las injusticias, hay que organizarnos para cambiarlas. En su momento, la Revolución Francesa, las huelgas obreras del siglo XX y los movimientos campesinos en América Latina fueron ejemplos de cómo la gente pasó de la queja a la acción colectiva.

Hoy, en pleno siglo XXI, la conciencia de clase se enfrenta a nuevos desafíos. El sistema ha aprendido a disfrazar la explotación con eslóganes de superación personal, influencers motivacionales y discursos sobre la «meritocracia«. Nos dicen que, si trabajamos lo suficiente, podremos ser ricos, cuando la realidad es que la mayoría se mata en dos o tres empleos apenas para sobrevivir. Nos dividen con discursos de odio, para que en vez de ver al verdadero enemigo (las élites económicas), nos peleemos entre pobres.

Sin embargo, también hay señales de esperanza. Las redes sociales han permitido que las injusticias se expongan en segundos, el sindicalismo revive en sectores donde parecía muerto, y las nuevas generaciones ya no creen tanto en el cuento de que el esfuerzo individual lo puede todo. La conciencia de clase no es algo del pasado, sino una herramienta urgente para construir un futuro más justo.

El despertar del gigante ya comenzó. La pregunta es: ¿te unirás a la lucha o seguirás creyendo que todo depende solo del desarrollo de nuestra individualidad?

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