Escribo estas líneas a dís del partido inaugural del Mundialito de Soccer. Un deporte el cual, en lo particular, jamás me ha gustado. Lo jugué por obligación en mis mocedades. Siempre elegí una posición: portero. La soledad del portero. Hice algunas atajadas de valor. Sólo eso. Era digamos, para socializar en la escuela primaria y secundaria. No más.
Escribo estas líneas y la verdad, no sè si cuando se editen, ya estè el Mundialito en la cancha. Las fechas y los juegos para mí, son intrascendentes. Pero vaya, usted lo sabe, el soccer mueve millones de dólares. Y una muletilla: la FIFA tiene más países agremiados que… la ONU. Ni se diga hoy la UNESCO o la Secretaría Mundial de Salud, sin el apoyo de Donald Trump y los Estados Unidos, se vinieron abajo y no tienen ninguna injerencia ni opinión. Así de rápido.
¿A alguien le interesa el Mundialito a jugarse en tres países simultáneamente: México, Canadá y Estados Unidos? Imagino a todo mundo. Es un buen distractor mundial. De hecho, las dos únicas revistas que sobreviven en la capital de país (ojo, sólo allí, aquí ya no llegan) y son de corte de reflexión e intelectual, “Letras Libres” y “Nexos”, le dedicaron este mes de junio sus números respectivos a tan pedestre juego.
“El futbol tiene un problema y es que el otro equipo contrario existe.” La cita lapidaria es nada más de don Jean Paul Sartre. Soccer le dicen los gringos. Para ellos, el futbol es el americano, lo que a mí en lo particular me gusta, disfruto y padezco. No hay contradicción de por medio. Si usted me ha leído, yo soy Acerero de Pittsburgh, de toda la vida. Siempre. Ganen o pierdan. De preferencia que ganen, pero nunca se puede el juego o la temporada ideal o perfecta.
Avanzamos: para mí, el soccer se originó de la siguiente forma: cayó un coco de una palmera y doce monos (¿o son once jugadores?) de una tribu fueron por él; pero doce macacos de la tribu vecina también querían el coco. Así fue el origen del coco, perdón, del soccer y no ha variado hasta hoy. Ni las reglas ni los embutes, ni los “fueras de lugar” (¿alguien sabe lo que significa eso?). Es totalmente un escritor políticamente incorrecto. Es Michel Houellebecq, su poesía se nutre no pocas veces (casi siempre) de la desdicha y odios latentes en la ciudad y en la sociedad.
Comparte y reparte infortunios y calamidades. Pero acaso ¿no es esto precisamente la vida misma? Ácido y socarrón, en un poema habla de cómo los televisores enganchan a las masas de cautivos que “vuelven a sus casas” y claro, los cuales ven arrellanados ese deporte pedestre llamado “soccer.” Michel Houellebecq adelanta, arriesga todo en su mazo de naipes al definir esa locura de deporte como “felicidad”: ““Si tuviera ganas de ser feliz/ Aprendería bailes de salón/ O me compraría un balón/ Como esos autistas maravillosos”
En corto:
#¿Qué son los jugadores de soccer en definición de este moderno poeta maldito? “Autistas maravillosos.” Juegan con las patas, no con el cerebro. En este poema remata con un verso lapidario: el futbol es “el triunfo de la confusión.” Ja.
#El soccer es un medio de control, social, no un deporte. Lea usted: en Monterrey, lo dijo en su momento Aldo Fasci, Secretario de Seguridad Pública de Nuevo León: “El problema, lo que nos preocupa mucho después del clásico, porque ya lo de antes y durante, está muy ensayado por todos los policías… (Alguien va a perder y) es cuando más sube la violencia familiar.” Sí, es el drama de ver jugar a Tigres Vs. Rayados. Un drama infantil, pusilánime de inteligencia… pero que provoca violencia familiar.


