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Opinión, Plumas

Salvador Castañeda (†)

Jesús R. Cedillo
Jesús R. Cedillo
abril 13, 2026

Es difícil habitar el desierto. Sólo se escucha el reptar de las víboras, el silbido del viento en los yerbajos y el crepitar de los insectos. El desierto tiene su encanto, sin duda, pero es tan difícil, feroz y hostil, lo cual obliga a lo siguiente: lo más sano no es modificarlo ni ponérsele uno a uno, no; lo mejor es ser su amigo, entenderlo y comprenderlo. 

Pero, para mi desgracia, no veo quien lo haga. Pocos lo hacen. Habitamos el desierto, pero Saltillo en particular y Coahuila en general, son una ínsula. Es como aquella vieja metáfora del entrañable y malévolo personaje de “Pinocho” de Carlo Collodi. Como era de madera y no tenía sentimientos, mientras se le quemaban los pies o las manos, éste y en su cabeza no sentía absolutamente nada. ¿Se le quemaba su nariz? Las manos o cintura no acusaban recibo de ello. 

Y lo anterior y no otra cosa es el resabio de amargura, dolor e impotencia lo cual siento al momento de redactar estas torpes y dolorosas líneas. Ayer día 1 de abril murió el gran escritor y ser humano admirable, Salvador Castañeda (1946-2026). Intelectual él, pero también, aguerrido político y luego, guerrillero el cual estuvo preso creo recordar, en Lecumberri, de 1971 a 1977. Estudió Agronomía en la ex Unión Soviética. Regresó y se unió a las Juventudes Comunistas. Pero luego se decantó por lo fuerte y duro, cuando la vida en México era fuerte y harto ruda: se enroló en el Movimiento Armado Revolucionario. 

Salvador Castañeda era de roca y granito: un ser humano entero, un intelectual de primera línea. Lo conocí en la ciudad de México. Lo había leído y sabía de sus trabajos de cuento y novela, pero en mis mocedades, fue él y nadie más quien me invitó recurrentemente a presentar mi poesía, ensayos y ponencias de literatura en diversos foros y plataformas, entre ellas, el mismísimo Palacio de Bellas Artes. Salvador Castañeda era director de Literatura del INBA. Cuando el INBA funcionaba milimétricamente en los años noventa del siglo pasado.

Escribió una gran y buena novela que le valió la consagración nacional: “¿Por qué no dijiste todo?” Castañeda me recibía y siempre en sus pulcras y atiborradas oficinas cubiertas de libros y revistas de todo el país. Jamás me hacía esperar. Jamás. Me recibía con un abrazo, me ofrecía la reservación de mi hotel y los horarios de presentación y como muletilla me preguntaba siempre “¿Cómo está Coahuila y Saltillo, maestro Cedillo?”

¿Sabe por qué lo hacía? Salvador Castañeda era lagunero de abolengo. Nació en 1946 en Matamoros, Coahuila. Acaba de morir y aquí… nadie lo lee y nadie sabe quién es. Pinche vida desértica. De ideas y lecturas.

En corto:

#Mi panteón particular tiene eso, más muertos a vivos. Tal vez y sólo tal vez, ya estoy muerto y sólo hace falta mi epitafio en mi tumba, Cosa de aforismo los cuales ya tengo varios listos. Recientemente (para mí todo es cosa reciente) han muerto los grandes maestros Eduardo Cerecedo, Raúl Renán, David Huerta, Gilberto Prado Galán… todos ellos amigos entrañables. 


#En dos de sus versos, David Huerta escribió: “… los navajazos puntuales del envenenamiento, / la cabeza hundida en la bolsa de plástico…” Así está la vida cultural y política en este desierto. ¿Sabe usted cuántas notas salieron sobre la muerte de Salvador Castañeda en los diarios… ninguna? Descansa gran maestro.

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