En el léxico popular mexicano, pocas palabras han generado tanta controversia, resistencia y debate como naco. Un término que, en su aparente simpleza, encapsula siglos de jerarquías sociales, racismo velado y una profunda división de clases. Para abordar su significado (y su peso histórico) es indispensable recurrir a la mirada lúcida de Carlos Monsiváis alias Monsi para la banda, quien en sus crónicas diseccionó con ironía y agudeza los prejuicios de la sociedad mexicana.
La palabra naco funciona como un marcador social despectivo. Originalmente, se refería a los indígenas (derivado de Totonaco), pero con el tiempo mutó para estigmatizar a quien es percibido como «fuera de lugar» (por decirlo de una forma muy suave) en el orden cultural dominante: el pobre, el provinciano, el que no domina los códigos urbanos sofisticados. Como apuntó Monsiváis, naco es el reverso discriminatorio de fresa: mientras uno encarna lo «vulgar» (según la mirada elitista), el otro representa lo «refinado». Pero ambos son construcciones arbitrarias, basadas en un sistema de exclusión.
En “A ustedes les consta” (1980) y otros textos, Monsiváis expone cómo el lenguaje cotidiano refuerza la desigualdad. El uso de naco no es inocente: es un mecanismo de distinción que perpetúa la vergüenza de origen. La burguesía mexicana, heredera del colonialismo, usa el término para marcar distancia de «lo popular», aun cuando consume y se apropia de sus expresiones (desde la música banda hasta el albur mismo). Esta contradicción revela un país que niega sus raíces mientras las folkloriza. En esto último pudiéramos citar tantos ejemplos que no nos alcanzaría el texto.
El escritor también señala que el naco no existe como realidad, sino como estereotipo: es el chivo expiatorio de una sociedad que se resiste a aceptar su propio mestizaje. En “Días de guardar” (1970), escribe: «Lo naco es lo que los demás ven en ti para no verse a sí mismos». Es decir, se basa en esa proyección de que lo que te molesta es lo que traes en ti.
En décadas recientes, algunos sectores han intentado resignificar naco como un símbolo de orgullo identitario (similar a lo ocurrido con cholo o ghetto en otros contextos). Hace algunos años me topé con playeras a la venta con la frase de “ser naco es chido” además de ver a artistas como la Sonora Dinamita o programas como La familia P. Luche usan el término con ironía, pero Monsiváis alertaría: el peligro está en normalizar un insulto sin cuestionar su carga histórica. ¿Puede el humor desafiar el clasismo, o solo lo enmascara? Ahí el reto para los humoristas.
Naco sigue vigente porque México sigue siendo un país fracturado. Aunque ahora se disfrace de «lo vintage» o «lo irónico», su uso refleja una sociedad que no ha superado su obsesión por jerarquizar. Como escribió Monsiváis: «El clasismo es el deporte nacional… y la lengua su principal estadio». Es por eso que lo que nos choca, pero también nos checa dice mucho cuando lo expresamos con la lengua.
Hoy, ante el auge de discursos que celebran lo populachero mientras se privatiza la cultura, conviene recordar su advertencia: las palabras no son neutras. Naco no es un chiste; es un síntoma. Y hasta que no dejemos de usarla para segregar, seguiremos siendo, en el fondo, un país que se desprecia a sí mismo.


