Morena lleva semanas explicándonos los famosos “ecosistemas digitales”. Desde Palacio Nacional se han presentado análisis, gráficas, cuentas, bots, trolls, periodistas y políticos para demostrar que existe una maquinaria dedicada a amplificar determinados temas y construir narrativas contra la Cuarta Transformación. Luisa María Alcalde incluso ha explicado que detrás de algunos fenómenos aparentemente espontáneos existe coordinación y que las mismas cuentas terminan replicando mensajes semejantes hasta provocar una percepción determinada en la opinión pública. In-te-re-san-tí-si-mo.
El problema es que ellos mismos nos ofrecieron una demostración práctica el día que Rubén Rocha Moya decidió regresar a la gubernatura de Sinaloa. El ecosistema digital identificado con el oficialismo encontró inmediatamente la explicación conveniente, el gobernador volvía porque no había nada contra él, Estados Unidos había fracasado, la oposición había mentido y todo aquello demostraba que los ataques eran una campaña política contra Morena.
Las publicaciones aparecieron prácticamente al mismo tiempo. Unas celebraban que la Fiscalía no hubiera encontrado elementos suficientes. Otras se burlaban de la oposición. Algunas hablaban de una derrota de los “vendepatrias”. Rocha pasaba, en cuestión de minutos, de gobernador incómodo a víctima heroica de una conspiración estadounidense. Todo marchaba perfectamente. Hasta que cambió la línea.
El gobierno federal se deslindó de la decisión de Rocha. Morena hizo lo mismo. Claudia Sheinbaum dejó claro que no compartía políticamente su regreso y distintas voces del propio movimiento comenzaron a marcar distancia. Entonces ocurrió el milagro digital.
Las mismas cuentas que unas horas antes celebraban el regreso comenzaron a explicar por qué era correcto que se fuera. El héroe se convirtió en problema. El acto de valentía se transformó en indisciplina. Lo que por la mañana era prueba de inocencia, por la tarde ya era una decisión individual que no podía colocarse por encima del proyecto.
Eso es precisamente lo interesante del episodio. Existe un ecosistema comunicativo oficialista capaz de ajustar su interpretación de los hechos con una velocidad extraordinaria cuando cambia la posición política del centro. Y eso también influye en la conversación pública.
El caso Rocha debería incorporarse como material de estudio. Porque durante unas horas pudimos observar cómo una narrativa prácticamente uniforme cambió en cuanto apareció una señal política distinta.
Y el fenómeno no es nuevo. La Cuarta Transformación ha desarrollado una enorme capacidad para reinterpretar cualquier acontecimiento sin reconocer contradicción alguna. Si alguien cuestiona al gobierno desde Estados Unidos, es intervencionismo. Si Washington reconoce a algún funcionario mexicano, entonces constituye prueba de que existe una magnífica cooperación bilateral. Si una investigación toca a un adversario, demuestra que nadie está por encima de la ley. Si alcanza a alguien cercano al movimiento, inmediatamente aparecen las preguntas sobre soberanía, persecución y motivaciones políticas.
Lo sorprendente esta vez fue la velocidad. Rocha Moya consiguió que, en menos de dos días, algunos defensores del oficialismo sostuvieran posiciones prácticamente opuestas con la misma contundencia. Primero había que defenderlo. Después había que deslindarse. Finalmente había que explicar que ambas posiciones eran perfectamente congruentes con los principios del movimiento.
Morena es experto en maromas. La novedad es que esta vez nos permitió verlas ejecutarse simultáneamente desde cientos de pantallas y conservar las capturas del antes y del después.
Quizá el próximo análisis sobre ecosistemas digitales en Palacio Nacional podría empezar por ahí.



