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Opinión, Plumas

La transformación reciclada

Fernando Urbano
Fernando Urbano
octubre 5, 2026

Morena terminó de acomodar el tablero rumbo a 2027 y dejó una fotografía curiosa de la cuarta transformación, algunos de sus militantes se quedaron viendo desde la banqueta mientras varias de las posiciones más codiciadas terminaron en manos de personajes que antes hicieron carrera en los partidos que Morena lleva años presentando como responsables de todos los males nacionales. No son todos, por supuesto. Pero el contraste existe.

Solo por mencionar, en Chihuahua, Cruz Pérez Cuéllar, con pasado panista, quedó por encima de Andrea Chávez. En Nuevo León, Clara Luz Flores carga una larga trayectoria previa en el PRI. En Nayarit, Jasmine Bugarín, hoy del Verde, también construyó parte de su carrera en el priismo. Y podrían agregarse perfiles provenientes del PRD que terminaron encontrando acomodo en la nueva mayoría. 

Nada ilegal hay en cambiar de partido. La política mexicana está llena de conversiones ideológicas sorprendentes.

El problema es otro, Morena construyó buena parte de su identidad señalando precisamente a esos partidos como aquello que debía ser desterrado. Después abrió las puertas, recibió a sus cuadros y ahora algunos terminan desplazando a quienes sí hicieron carrera dentro del movimiento.

La regeneración nacional resultó bastante buena para reciclar. Pero el capítulo más interesante está en los aliados. El Partido Verde salió particularmente bien librado del proceso. Obtuvo “coordinaciones” en Quintana Roo, Nayarit y Baja California Sur. El Partido del Trabajo, en cambio, terminó sin una sola de las 17 coordinaciones estatales definidas.  Aliados sí. Iguales, evidentemente no.

El PT protestó y Reginaldo Sandoval advirtió que, sin su partido, Morena podría perder hasta 12 gubernaturas. Ricardo Monreal respondió que no creía que los petistas tuvieran fuerza suficiente para provocar semejante resultado, aunque inmediatamente aclaró que sería conveniente mantenerlos dentro de la coalición. 

Una relación muy sana; no eres suficientemente fuerte para que te tome en serio, pero por favor no te vayas. Ése quizá sea el mensaje más delicado de todo el proceso.

Morena ha disfrutado durante años las ventajas de una coalición en la que Verde y PT aportan votos, legisladores, estructura territorial y márgenes que en elecciones cerradas pueden resultar relevantes. Pero cuando llegó el momento de repartir las gubernaturas, el trato fue claramente distinto.

Al Verde se le reconoció capacidad para encabezar proyectos. Al PT se le recordó su tamaño. Y los aliados suelen tener buena memoria.

No significa que la coalición vaya a romperse necesariamente ni que el PT tenga por sí solo capacidad para definir todas las elecciones. Pero tampoco parece razonable asumir que sus votos, estructuras y operadores aparecen automáticamente cada vez que Morena los necesita.

Una alianza funciona mientras todos encuentren algo que ganar. Cuando uno de los socios comienza a sentir que sólo sirve para sumar votos y levantar la mano, deja de comportarse como socio y empieza a hacer cuentas.

Eso es lo que Morena tendrá que administrar rumbo a 2027, las inconformidades de quienes perdieron las internas, las de militantes desplazados y las de aliados que observan cómo otros recibieron mucho más. Porque puede resultar muy satisfactorio ganar todas las discusiones dentro de una coalición. El problema llega cuando después hay que ganar elecciones con quienes acabas de perder.

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