25 de mayo de 2026 | USD: 17.28 MXN |
Saltillo: 24 °C
Publicidad
Opinión, Plumas

La marcha del odio

Fernando Urbano
Fernando Urbano
mayo 25, 2026

Morena volvió a salir a las calles. Pero esta vez no para defender una causa social, una reforma trascendente o una demanda ciudadana. No. Esta vez salió a marchar contra una gobernadora. Y eso dice muchísimo más de Morena que de María Eugenia Campos.

La movilización organizada en Chihuahua tenía un objetivo muy claro, desgastar políticamente a la gobernadora, construir la percepción de un estado en crisis y alimentar la narrativa permanente de confrontación que el oficialismo necesita para sobrevivir políticamente. Porque Morena, cuando no tiene resultados espectaculares que presumir, necesita enemigos. Necesita villanos. Necesita fabricar indignación.

Pero algo salió mal. La marcha no generó el impacto esperado. No prendió emocionalmente. No se convirtió en una explosión social. Y peor aún para Morena, Maru Campos entendió perfectamente la trampa y decidió no caer en ella.

No respondió con confrontación. No se victimizó. No se enganchó en el espectáculo. Y al no hacerlo, dejó sola la movilización.

Hay algo profundamente interesante en eso. Porque el oficialismo mexicano lleva años alimentándose de la polarización. Su combustible político no es la reconciliación ni la estabilidad; es el conflicto permanente. Necesitan dividir para cohesionar a su base. Necesitan que exista siempre alguien “contra el pueblo”. 

La convocatoria no buscaba soluciones concretas para el estado. No proponía políticas públicas, estrategias de seguridad o alternativas económicas. Era simplemente una marcha construida alrededor del desgaste y el odio político. Una especie de catarsis colectiva cuidadosamente administrada desde el oficialismo.

Porque Morena descubrió hace mucho tiempo que el enojo moviliza más rápido que la esperanza. Y ahí es donde la estrategia empieza a parecerse peligrosamente a muchas otras experiencias políticas de la historia que utilizaron la confrontación permanente como mecanismo de cohesión social. El enemigo externo o interno como herramienta de control emocional.

George Orwell lo describía perfectamente en 1984, el poder necesita enemigos constantes para mantener viva la tensión social y justificar su propia existencia. El odio colectivo como ritual político. Y Morena parece haber entendido demasiado bien esa lógica.

Por eso resulta tan simbólico lo ocurrido en Chihuahua. Porque mientras el oficialismo esperaba incendiar políticamente el escenario, Maru Campos decidió enfriar la confrontación. Y cuando alguien deja de alimentar el fuego del conflicto, muchas veces el espectáculo pierde sentido.

La marcha terminó viéndose más como una operación partidista que como una auténtica expresión ciudadana.

Además, hay otro problema para Morena, el desgaste ya comenzó a alcanzar también a su narrativa moral. Durante años lograron posicionarse como víctimas permanentes del sistema, como opositores eternos al poder. Pero hoy son gobierno. Controlan la Presidencia, Congreso, gubernaturas, presupuestos, estructuras y buena parte del aparato político nacional.

Y aun así siguen comportándose como si todavía estuvieran tomando Reforma en campaña. La paradoja del oficialismo es brutal, mientras más poder acumular, más necesita seguir actuando como oposición para justificar sus errores, sus conflictos internos y sus fracasos.

Lo más rescatable es que cuando el poder convoca movilizaciones contra otros actores políticos mientras el país enfrenta violencia, desaceleración económica, tensiones diplomáticas y escándalos de corrupción, el espectáculo empieza a verse artificial.

Quizá por eso Chihuahua no explotó políticamente como Morena esperaba.

Publicidad
Publicidad

Comentarios

Notas de Interés

Opinión, Pluma Invitada