16 de junio de 2026 | USD: 17.21 MXN |
Saltillo: 22 °C
Publicidad
Opinión, Plumas

La derrota que nadie quiere explicar

Fernando Urbano
Fernando Urbano
junio 15, 2026

Las victorias tienen muchos padres. Las derrotas, casi siempre son huérfanas.

Es una de las reglas más antiguas de la política. Cuando un partido gana una elección aparecen estrategas, operadores, visionarios, arquitectos electorales y líderes iluminados por todas partes. Todos quieren formar parte de la fotografía del triunfo. Todos encuentran explicaciones brillantes para justificar el resultado.

Cuando se pierde ocurre exactamente lo contrario. Nadie fue responsable. Nadie tomó malas decisiones. Nadie calculó mal. Nadie se equivocó. La derrota simplemente apareció.

Los resultados electorales de Coahuila parecen haber colocado a Morena justamente frente a ese espejo incómodo que durante años utilizó para señalar a sus adversarios.

Porque más allá de los porcentajes, de los distritos ganados o perdidos y de los análisis postelectorales, hay una pregunta que hasta el momento nadie dentro del movimiento parece dispuesto a responder con honestidad, ¿qué salió mal?

La respuesta oficial, hasta ahora, parece ser ninguna. Y ese es precisamente el problema.

Durante años Morena construyó una narrativa basada en la superioridad moral de su proyecto político. Cuando obtenía victorias electorales, éstas eran presentadas como una demostración de la conciencia ciudadana, del despertar democrático o del respaldo popular a la transformación del país.

Uno de sus propios candidatos terminó diciendo públicamente lo que muchos dentro del partido comentaban en privado, que fueron abandonados por la dirigencia nacional, que no hubo acompañamiento suficiente, que faltó estrategia y que la operación política fue insuficiente.

La declaración resulta interesante porque rompe con la narrativa oficial de que todo funciona perfectamente dentro del movimiento. Y más importante aún, porque exhibe una realidad que Morena parece haber olvidado. Las elecciones no se ganan únicamente con discursos nacionales.

Por supuesto que la marca partidista importa. Pero creer que un logotipo puede sustituir el trabajo territorial, la construcción de liderazgos y la cercanía con la ciudadanía es uno de los errores más frecuentes que suelen cometer los partidos cuando permanecen demasiado tiempo convencidos de su propia invencibilidad.

Durante años Morena acostumbró a sus cuadros a la idea de que la inercia electoral era suficiente. Que la popularidad presidencial resolvería cualquier problema. Que el respaldo nacional bastaba para compensar las debilidades locales. Que las campañas prácticamente se ganarían solas.

Y quizá ese exceso de confianza explica parte de lo ocurrido. Porque mientras Morena asumió que la fuerza de su marca era suficiente para competir en cualquier escenario, el contexto nacional comenzó a cambiar.

Pero la realidad suele ser mucho más compleja que los discursos. Y el contexto nacional de reciente ha estado marcado por señalamientos contra gobernadores, investigaciones periodísticas, cuestionamientos sobre seguridad pública y debates relacionados con la relación entre actores políticos y grupos criminales.

La historia está llena de partidos que fueron derrotados no por sus adversarios, sino por su incapacidad para comprender por qué dejaron de convencer a los ciudadanos.

Y quizá la pregunta más importante que debería hacerse Morena después de Coahuila no es quién tuvo la culpa. Es, ¿están dispuestos a escuchar la respuesta?

Porque las derrotas electorales suelen ser mensajes. Y los mensajes que no se entienden terminan convirtiéndose, tarde o temprano, en tendencias.

Publicidad
Publicidad

Comentarios

Notas de Interés

Opinión, Plumas
Opinión, Pluma Invitada