Hace algunos años, en una cena con amigos, mencioné que disfrutaba pasar los fines de semana sin planes, sin fiesta, leyendo y escuchando música random con el volumen variado. La reacción fue inmediata. Alguien soltó: «¿No te da miedo estar solo?». Otro añadió: «Eso es porque no tienes pareja». Y una tercera persona, con tono de psicóloga de orientación vocacional, sentenció: «La soledad es una enfermedad social». Todos asintieron con seriedad. Yo, en cambio, me quedé pensando en el gruñón de Schopenhauer.
El filósofo alemán, ese cascarrabias de bigote frondoso que veía el mundo como un valle de lágrimas, escribió algo que hoy resuena con más fuerza que nunca: «Un hombre de talento, en la soledad más absoluta, encuentra en sus propios pensamientos y en su propia imaginación con qué divertirse agradablemente». Traducción: el que no sabe estar solo, se aburre aunque tenga mil distracciones. Y mira que Schopenhauer no era precisamente un modelo de la alegría. Pero en esto, creo que le atinó.
Vivimos en una época que ha convertido la socialización constante en una especie de mandato divino. Las aplicaciones de citas, las redes sociales, los afterworks, los grupos de WhatsApp que no se callan nunca, las reuniones familiares interminables; todo parece conspirar para que no tengamos ni un segundo de silencio. Y si te atreves a decir que necesitas un respiro, te miran como si hubieras confesado una herejía. «¿Te sientes bien?», te preguntan. «¿Estás deprimido?». No, caramba, solo quiero cinco minutos sin tener que sonreírle a nadie. Me duelen los pómulos, chingao.
Pero lo curioso es que Schopenhauer no era un ermitaño misántropo (aunque su madre, la escritora Johanna, pensaba lo contrario). En sus cartas, ella le reclamaba su «enojoso gusto por la disputa» y sus «lamentaciones sobre el necio mundo». La señora Schopenhauer disfrutaba los salones literarios y la vida social. Arthur, en cambio, veía esos eventos como una frivolidad. No es que odiara a la gente (que en muchas ocasiones parece que sí); es que entendía que la interacción constante vacía, que la conversación superficial desgasta, que la batería social (como la llaman ahora los psicólogos) tiene un límite.
Y vaya si tiene límite. Un estudio reciente muestra que la presencia de otras personas nos da energía en el momento, sí, pero horas después provoca fatiga. Es como el café: te despierta, pero luego viene el bajón. Y nosotros, entre reuniones de Zoom, comidas de negocios, celebraciones familiares y carnes asadas con amigos, vamos acumulando una deuda de descanso que pagamos con irritabilidad, ansiedad y, a veces, con un agotamiento que parece no tener fin.
Pero ojo: no estoy defendiendo el aislamiento radical. No soy Schopenhauer, ni quiero serlo. El problema no es estar con otros, es no tener espacio para estar con uno mismo. La soledad bien entendida no es una huida del mundo, sino una pausa para reencontrarse con él.
Y la neta, esta sociedad nos empuja a estar siempre conectados, siempre disponibles, siempre sonriendo, reivindicar la soledad es un acto de rebeldía, es un tema revolucionario incluso. No de misantropía, sino de autocuidado. Porque no se puede dar lo que no se tiene. Y si no tenemos un momento de silencio para recargar la batería, al final lo que ofrecemos a los demás es un fantasma, no una persona.


