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Opinión, Plumas

El lagarto que conservó un secreto de hace 99 millones de años

El Ahuizote
El Ahuizote
septiembre 21, 2026

Héctor Rivera Sylva

Hace aproximadamente 99 millones de años, una exuberante selva tropical cubría gran parte de lo que hoy es Myanmar. Entre los troncos de árboles productores de resina se movía una increíble diversidad de insectos, arañas, pequeños dinosaurios emplumados, aves primitivas y diminutos reptiles. De vez en cuando, la resina que escurría por la corteza atrapaba a alguno de estos animales, sellándolo en una cápsula natural que, con el paso de millones de años, se transformaría en ámbar.

Gracias a ese extraordinario proceso de conservación, los paleontólogos pueden estudiar detalles imposibles de observar en los fósiles convencionales. Mientras que la mayoría de los restos preservan únicamente los huesos, el ámbar puede conservar piel, escamas, plumas e incluso delicadas estructuras blandas que normalmente desaparecen poco después de la muerte.

En un estudio publicado en la revista Swiss Journal of Palaeontology por paleontólogos de Estados Unidos y Argentina, describieron una nueva especie de lagarto preservada en ámbar, llamada Carinasquama smithae.

El nombre del nuevo lagarto hace referencia a una de sus características más visibles. Carinasquama combina las palabras latinas “carina”, que significa “quilla” o “cresta”, y “squama”, que significa “escama”, en alusión a las escamas con múltiples quillas que cubrían su cuerpo. El nombre específico, smithae, honra al geólogo británico Ru D. A. Smith, un apasionado estudioso del ámbar de Myanmar, quien donó el ejemplar al Museo Nacional de Escocia para que pudiera ser estudiado y preservado como patrimonio científico.

Aunque sus huesos están incompletos, el cuerpo conserva casi toda la piel con un nivel de detalle excepcional. Cada escama permanece prácticamente en la posición que ocupaba cuando el animal quedó atrapado en la resina hace cerca de cien millones de años.

Sin embargo, lo más sorprendente no fueron las escamas. Uno de los ejemplares presenta una pequeña protuberancia en la base de la cola, exactamente en la misma posición donde los lagartos y serpientes machos actuales poseen los hemipenes, un par de órganos reproductores exclusivos de los escamosos.

En los reptiles modernos, esta característica permite distinguir externamente a machos y hembras. Sin embargo, en el registro fósil casi nunca se conserva, ya que corresponde a tejidos blandos que desaparecen rápidamente durante la descomposición. El extraordinario estado de conservación del ámbar permitió que esa sutil característica anatómica sobreviviera durante millones de años.

Se trata de una evidencia excepcional, ya que constituye una de las pocas ocasiones en que los paleontólogos pueden determinar directamente el sexo de un reptil fósil únicamente gracias a la conservación de sus tejidos externos.

El hallazgo también confirma que los hemipenes ya estaban completamente desarrollados en los lagartos de hace unos 99 millones de años, indicando que este sistema reproductivo apareció mucho antes, probablemente en los primeros ancestros de lagartos y serpientes.

En muchos fósiles tradicionales resulta imposible conocer detalles como el color de la piel, la disposición de las escamas, las almohadillas de los dedos o incluso características relacionadas con la reproducción. En cambio, el ámbar funciona como una auténtica cápsula del tiempo capaz de preservar información que normalmente se pierde para siempre.

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