Morena encontró una fórmula bastante conveniente para adelantarse sin admitir que ya está en campaña, los famosos “coordinadores estatales de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional”. Son precandidatos de facto a las gubernaturas. No son todavía candidatos oficiales, pero recorren territorio, encabezan estructuras, reciben exposición política y comienzan a posicionarse meses antes de que lleguen las campañas formales. Por eso, la figura resulta, cuando menos, cuestionable.
No hace falta demasiada imaginación para entender para qué sirven esos “coordinadores”. Donde antes habría un aspirante, ahora hay un coordinador. Donde habría promoción electoral, se habla de organización partidista. Y donde cualquier otro actor podría ser señalado por adelantarse a los tiempos, Morena encuentra una denominación suficientemente creativa para mantenerse en movimiento.
Pero el problema más serio ni siquiera está ahí. Está adentro. Las designaciones anunciadas hasta ahora han comenzado a exhibir algo que Morena necesitaría evitar rumbo a 2027, inconformidad de sus propios grupos. La elección de Verónica Díaz, para Zacatecas, provocó gritos de “fraude”, reclamos contra el llamado monrealismo y el distanciamiento del PT. La propia dirigencia nacional tuvo que pedir institucionalidad durante el acto.
“Gino” Segura, de Quintana Roo, quedó al frente del proyecto pese a cuestionamientos de algunos de los perfiles que compitieron internamente. En Baja California, Julieta Ramírez fue seleccionada en medio de una disputa particularmente intensa entre grupos locales y después de semanas de confrontaciones alrededor de la sucesión. Y en el caso de Guerrero, con Beatriz Mojica, los propios morenistas ya vaticinan la derrota.
El patrón merece atención, cada nombramiento obliga a Morena a administrar a quienes no fueron ungidos. Y ahí empieza el verdadero riesgo.
Durante años, el partido pudo resolver muchas disputas internas con una fórmula sencilla, había suficientes posiciones para repartir y una marca electoral suficientemente fuerte para disciplinar a quienes perdían.
Pero gobernar gran parte del país también significa acumular más grupos, más aspirantes y más intereses. Todos quieren algo. Todos creen haber construido suficiente estructura. Y todos están convencidos de que merecen una parte del poder. El problema aparece cuando solamente existe una candidatura.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha intentado marcar criterios, contener anticipaciones y ordenar al movimiento, pero las primeras definiciones muestran que las decisiones no necesariamente terminan favoreciendo a los perfiles más identificados con su propio grupo. En distintos estados están pesando gobernadores, corrientes locales, antiguos liderazgos y equilibrios internos.
Eso tampoco es extraño. Lo extraño sería pensar que no tendrá consecuencias. Porque el día de la elección no basta con tener candidato. Hay que tener estructura. Hay que tener operadores. Hay que movilizar. Y, sobre todo, hay que conseguir que quien perdió la interna realmente quiera trabajar para quien la ganó.
Ahí se juega buena parte de 2027. Morena puede seguir inventando cargos para adelantar sus procesos y presentar coordinadores que todos entienden como posibles candidatos. Lo que no se puede es inventar con la misma facilidad la unidad. Y si cada nombramiento deja detrás grupos molestos, aliados incómodos y aspirantes desplazados, el problema no llegará cuando empiecen las campañas. Ya empezó.
Quizá lo más revelador de estas primeras designaciones no sea quién consiguió la coordinación. Es quién salió del salón preguntándose por qué tendría que ayudarlo a ganar.



