No sé cómo iniciar. Y sí sé cómo iniciar este texto. Tal vez y como lo dice Lewis Carroll en “Alicia en el país de las maravillas”, iniciar por el principio. Ya luego veremos. Empiezo por el principio. El título de este texto está ancilado en aquella premisa del Presidente norteamericano, Barack Obama, cuando le espetó a la nación: “es la economía, estúpidos.”
Parafraseando semejante ensayo de una sola línea donde dictó cátedra, mi ensayo es algo sencillo y muy complicado: “Es el clima… estúpidos.” Si usted me ha leído, tengo años explorando la influencia del clima (frío y calor, pero sobre todo el calor. Hoy se les nombra “olas de calor” o “domos de calor”) en el carácter, humor, personalidad y conducta de los seres humanos. Claro, aquí en el vecindario, pero el ensayo y la influencia del clima es global y en todos lados están explorando lo anterior… menos aquí, atados los saltillenses y los coahuilenses al potro de la ignorancia.
El clima (el calor agobiante) afecta patrones de conducta y es algo tan sencillo y complicado como lo siguiente: cómo nos sentimos, cómo nos comportamos de manera colectiva e individual. Conforme nuestra ciudad, nuestra casa (pajareras no pocas veces) se calienta, los efectos son tan dramáticos y severos y devastadores como lo siguiente lo cual pocos aquí advierten: suicidios, riñas colectivas a base de armas blancas brutales, bellacos motonetos alcoholizados, ingesta de alcohol al límite, violencia familiar, violencia de género, ataques sexuales a niños en los hogares… y un largo etcétera.
En todo el mundo se está estudiando lo anterior… menos aquí. Lea usted: Habitamos un verano perpetuo. La temperatura está oscilando entre los 34 y 35 grados. Junio, julio y agosto ahora y para nosotros los norteños, son infernales. Sencillamente intolerables. Es aquella vieja teoría de los climas y los humores que ha sido arrastrada a lo largo de la historia de la humanidad; incluso, el gran Emanuel Kant lo dijo así, lo parafraseo, no tengo la cita exacta, no la tengo completa en mi pálida memoria. Va: nadie que quiera escribir un buen poema o diseñar un aparato filosófico bien estructurado, lo puede hacer a mayor temperatura de 28/30 grados.
Con el calor del trópico se engendran pensamientos como el ocio, la disipación, el ver cuerpos sudorosos, todo aparejado con generosas libaciones de tragos de alcohol y claro, no se puede concentra uno en la polución de sus ideas por horas, que es lo que requiere el estudio y redacción dilatada de un poema o un artículo. El calor sofoca, asfixia, no da tregua y uno no se puede concentrar por horas en estudiar ni redactar. ¿Qué traen aparejados el fervor demencial del verano y las tórridas olas de calor? Desde siempre, los poetas lo saben. Somónides de Amorgos (Siglo VII a. de C) dice que traen “…sin número de plagas e inenarrables desgracias…”
En corto:
#El espacio aprieta. La información es mucha, las letras son cortas para expresar el tamaño de la desgracia que nos asiste. Tomemos como pálido ejemplo dos días. Dos días de días y semanas interminables de calor demoniaco. Los días 31 de julio y 1 de agosto. Lea usted los titulares de los tabloides de la prensa vespertina: “Carreterazo: tráiler aplasta a joven.” “Bellako acelera hacia la muerte”, “Por desamor se avienta con la soga al cuello”, “Empleado de Elektra golpea a su ex en Coppel”, “Se cuelga igual que un abanico”, “Rescatan a dos de echarse clavado.” … hay un factor común: el infernal calor.
#Su servidor ya tiene perfilado un largo ensayo al respecto, pero le doy a vuela pluma nombres de investigadores y científicos de los cuales estoy abrevando para este tema: Craig Anderson, Guillermo Murray, Marshall Burke, Colin Kelly, Enrique Chávez León y un largo, largo etcétera. Es el clima… estúpidos. Mucho por explorar.



