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Opinión, Plumas

El peligro de tener siempre la razón

Isra Reyes
Isra Reyes
agosto 10, 2026

Hay personas con un talento extraordinario, y es que esas mismas jamás se equivocan. No importa el tema, la evidencia, el argumento contrario o incluso la realidad. Siempre tienen razón. Si uno les demuestra que llueve, probablemente responderán que el problema no es la lluvia, sino la interpretación que tenemos sobre el agua. ¿Te has topado con uno de ellos?

Schopenhauer conocía bien esa clase de personajes. En El arte de tener razón, reunió 38 trucos para vencer una discusión, incluso cuando la verdad no estuviera necesariamente de nuestro lado. Su punto de partida era bastante menos optimista que el de los manuales de buenos modales: los seres humanos no siempre discutimos para descubrir la verdad; muchas veces discutimos para imponernos. Para tener simplemente la razón tajante en todo. He de confesarte que me gusta jugar con mis cercanos con estas “herramientas” como forma de abatir el aburrimiento. 

Si nos fijamos, la discusión pública moderna parece haber convertido esas viejas trampas retóricas en deporte nacional. Ya no importa tanto demostrar que algo es verdad, sino el cómo conseguir que el otro parezca un imbécil, ganar por ganar, pues. Se descalifica al adversario, se cambia de tema cuando el argumento se va de las manos, se exagera una frase incendiaria, se invoca una autoridad como si fuera estampita religiosa y, cuando todo falla, se levanta la voz con un tono de ofensa y victimismo. En las redes sociales, además, la velocidad suele ganar por goleada a la reflexión. Se trata de dar una postura para que la adopten religiosamente, no para que sea puesta a reflexionar, debatir, desmenuzar. 

Lo curioso es que Schopenhauer, ese pesimista profesional, terminó ofreciendo una lección bastante útil para la democracia: conocer las trampas del razonamiento sirve también para reconocerlas cuando alguien intenta utilizarlas contra nosotros.

Algunos confunden democracia con elecciones. A la democracia le urgen ciudadanos capaces de escuchar, comparar, dudar y distinguir entre una razón y una simple habilidad para ganar discusiones. Porque un político puede hablar magníficamente y estar equivocado. Un intelectual puede citar veinte libros y decir una tontería. Un influencer puede reunir millones de seguidores y no tener razón ni por casualidad o suerte.

Aristóteles entendió que la vida pública requería ciudadanos capaces de argumentar. Schopenhauer observó la parte menos decorosa de esa actividad: nuestra facilidad para convertir la inteligencia en herramienta de vanidad. El primero confió en la razón; el segundo nos recordó que la razón también puede ponerse al servicio del ego.

Quizá por eso la verdadera victoria en una discusión no consiste en dejar al adversario sin palabras. A veces consiste en descubrir que uno estaba equivocado. Pero esa posibilidad exige una virtud hoy escasa: la humildad. Porque hay una diferencia enorme entre tener razón y querer tener razón. La primera puede ser un accidente de los hechos; la segunda es, muchas veces, una enfermedad del carácter.

En política, en la academia, en el periodismo y hasta en la sobremesa familiar convendría recordarlo. El mundo no se vuelve verdadero porque lo digamos con seguridad. La realidad tiene esa mala costumbre de no pedirnos permiso y tarde o temprano termina respondiendo.

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