SI ALGUIEN creía que la sesión de esta semana en el Congreso de Coahuila giraría en torno a leyes y debates parlamentarios, bastó con la llegada de los hermanos Antonio y Tania Flores para entender que el libreto era otro. Entraron acompañados de porros, cámaras encendidas y transmisiones en vivo, convencidos de que el escándalo podía sustituir a los argumentos. Su apuesta era sencilla: reventar la sesión y colocar al Poder Legislativo contra las cuerdas con un amparo que terminó sin sostenerse. Al final, el intento de brincar la ley acabó estrellándose contra una realidad incómoda para ellos: la mayoría de los diputados, sin importar el partido al que pertenecen, decidió cerrar filas para impedir una ilegalidad. La consigna fue clara: el Congreso no podía convertirse en escenario de un espectáculo montado para las redes sociales.
LA TRIBUNA NO TUVO COLOR
LO MÁS llamativo no fue solamente el fracaso del intento, sino la reacción de los propios legisladores. Cuando la tensión escaló y los simpatizantes del PT comenzaron a elevar el nivel de confrontación dentro del recinto, la defensa del Congreso dejó de tener colores partidistas. Quien sorprendió fue el morenista Antonio Attolini Murra. Lejos de quedarse como espectador, salió a respaldar a las diputadas priistas Beatriz Fraustro y Marimar Treviño, convirtiéndose en uno de los principales escudos frente al ambiente hostil. Mientras unos buscaban intimidar, Attolini respondió defendiendo la investidura legislativa, demostrando que hay momentos en los que el respeto institucional pesa más que las siglas.
QUIENES DIERON LA CARA… Y QUIENES NO
TAMBIÉN destacó la actuación del panista Gerardo Aguado, quien prácticamente se atrincheró para proteger a la presidenta de la Mesa Directiva y respaldar a quienes intentaban mantener el orden en medio del caos. A la par, el director de Comunicación Social, Carlos Valero, terminó colaborando para contener a los vándalos que irrumpieron en el recinto y evitar que el descontrol creciera todavía más. En contraste, hubo quienes optaron por otro camino. El diputado Ángel Mahatma prefirió resguardarse y mantenerse al margen, concentrado únicamente en protegerse mientras el resto enfrentaba la tensión.
LOS GRITOS Y LAS AUSENCIAS
LOS HERMANOS Flores tampoco desperdiciaron la oportunidad para lanzar ataques contra los diputados de Morena Antonio Attolini y Alberto Hurtado. La diferencia estuvo en la respuesta. Attolini encaró los señalamientos y respondió de frente a los insultos. Hurtado, en cambio, eligió abandonar rápidamente el lugar mientras los gritos de “vendido” lo seguían por los pasillos. Dos formas muy distintas de enfrentar una provocación que, precisamente, buscaba generar imágenes para alimentar la narrativa de confrontación permanente.
HASTA LA COCINA
PERO SI algo terminó retratando el estilo de Antonio Flores fue la persecución contra la Oficial Mayor del Congreso. Cámara en mano y transmisión en vivo de por medio, la siguió por distintos espacios del recinto mientras la increpaba, le gritaba que si no podía con el trabajo buscara otro y desoía las peticiones para dejar de grabarla. La funcionaria terminó refugiándose incluso en la cocina del Congreso intentando escapar del acoso, mientras Flores ingresaba detrás de ella entre gritos y descalificaciones. Un episodio que poco tuvo de fiscalización y mucho de intimidación.
LA RESPUESTA INSTITUCIONAL
NO PASÓ inadvertido que, días después, la presidenta de la Mesa Directiva, Marimar Treviño, confirmara que el área jurídica del Congreso analiza las acciones legales o administrativas que podrían derivarse de lo ocurrido. Aunque no hubo agresiones físicas, sí quedaron documentados insultos, actos de intimidación, acoso y expresiones impropias para un recinto parlamentario. La legisladora también expresó su rechazo a los hechos protagonizados por simpatizantes del PT que respaldan a Antonio Flores, dejando claro que el episodio no puede normalizarse bajo el argumento de la protesta política.
EL MENSAJE
AL FINAL, la mayor derrota para los hermanos Flores no fue jurídica, sino política. Llegaron con la intención de dividir al Congreso y terminaron provocando exactamente lo contrario. Diputados de distintas fuerzas políticas dejaron de lado sus diferencias para defender la legalidad, el orden y la autonomía del Poder Legislativo. La sesión acabó convertida en un espectáculo, sí, pero también dejó una lección: cuando se pretende sustituir el derecho por la intimidación, el Congreso puede discutir muchas cosas… menos permitir que la ley sea rebasada por los gritos. Porque, esta vez, el mensaje fue contundente: el Congreso de Coahuila se respeta.


