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Opinión, Plumas

El suplicio del poder

Jesús R. Cedillo
Jesús R. Cedillo
junio 1, 2026

Elías Canetti nació en Bulgaria en un ¿principio, fin de siglo?, específicamente en 1905. Nació en Rustschuk, de familia sefardí. Ha vivido en Viena, Berlín, Londres y Zurich. Autor de algunos libros fundamentales para el siglo XX como “La lengua absuelta”, “La conciencia de las palabras” y “Auto de fe”, el judío sefardita, a lo largo de su larga y prolífica vida ha escrito muchos cuadernos de apuntes, aforismos, brevísimos relatos de una línea, ensayos de cinco a diez líneas, hipótesis, pensamientos que abren o aterran nuestra conciencia y razón.

Canetti se ha referido a esta forma de escritura como “un modo de respirar.” De entre esta vasta obra fragmentaria, se han publicado tres selecciones: “La provincia del hombre”, que cubre el período de 1492 a 1972, y “El corazón secreto del reloj”, de 1973 a 1985. La tercera entrega se llama “El suplicio de las moscas” –el cual da pie al parafrasearlo en el título de este texto- y cubre los años de 1986 a la fecha de la publicación del volumen en 1995 en España. No en México.

Al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1981, Elías Canetti dijo: “Nosotros le debemos mucho a una ciudad que conocemos; pero más le debemos a una ciudad que hemos deseado conocer, con la que siempre hemos soñado inútilmente. Hay en la vida de una persona, la transfiguración o la inmensidad de su superficie. Esos dioses han sido, para mí, siempre tres: Viena, Londres y Zurich.”

Líneas enseguida, Canetti depositaría su credo en la amistad de cuatro escritores los cuales serían cultivadores pacientes y generosos, de aforismos, esa extraña forma del pensamiento que termina devastando, tanto al que los escribe y al que los recibe: el lector. En su lección inaugural, Canetti se referiría a Karl Krauss, a Franz Kafka, a Robert Musil y por último, a Hermann Broch.

De Kafka escribiría: “A este hombre le fue concedido transformarse en lo más pequeño y, de este modo, escapar del poder.” De Robert Musil –diría – aprendí lo más difícil: escribir una obra durante decenios sin saber si uno la puede concluir. Una reciedumbre, hecha principalmente de paciencia, que presupone una necedad casi inhumana.

“El suplicio de las moscas” encarna esta respiración esta “necedad casi inhumana.” ¡Solo a un bárbaro como a Elías Canetti se le ocurre lo siguiente!: “Cuando no sabe qué decir menciona a Dios.” Y los anteriores escritores/pensadores tienen como columna vertebral (amén de otros temas y aristas, como toda obra abierta) una reflexión profunda y dolorosa sobre eso llamado poder.

En Corto:

#Y continuando con el homenaje a los primeros 100 años de la edición de la novela inconclusa “El Castillo” de Franz Kafka, he entresacado dos o tres aforismos donde hace mención de ello. Lea usted: “El trato directo con organismo administrativos no era difícil, pues estos, por muy organizados que estuvieran, siempre tenían que defender cosas invisibles y distantes en nombre de señores invisibles y distantes…”

#El trabajo de un mensajero entre K. y el castillo, así le es explicado por la hermana del mensajero: “Puede ir a las oficinas o, sí tú lo quieres, puede entrar en una antesala, bueno, pues sí, es una antesala, pero allí hay puertas que conducen a otras estancias, así como barreras que se pueden atravesar cuando se tiene la habilidad para ello. …” Sí, la metáfora del castillo y sus señores con su poder omnímodo y laberíntico, es el organismo burocrático de hoy en países del tercer mundo como el nuestro… 

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