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Opinión, Plumas

BTS

Fernando Urbano
Fernando Urbano
mayo 11, 2026

La presidenta asegura que muchas veces no sabía.

No sabía del operativo de agencias estadounidenses en territorio mexicano; de ciertos movimientos de inteligencia; de acuerdos, de operativos, y de decisiones que terminaron convirtiéndose en crisis diplomáticas o políticas; qué hacía Pemex mientras medio Golfo de México se llenaba de hidrocarburo; qué pasaba realmente en Sinaloa mientras el país entero veía cómo el gobierno federal intentaba sostener, con alfileres y discursos, al gobernador Rubén Rocha Moya.

Pero curiosamente sí sabía que BTS regresará a México el próximo año.

Y no solo lo sabía, lo anunció emocionada desde la mañanera, habló de la energía del grupo, de la conexión espiritual con las juventudes mexicanas, de la importancia cultural del fenómeno y hasta dejó abierta la posibilidad de un concierto masivo en el Zócalo. Porque evidentemente, en medio de una crisis política internacional, de presiones de Washington, de señalamientos contra figuras centrales del oficialismo y de un país atrapado en una violencia que ya dejó de sorprendernos, el tema prioritario era BTS.

México tiene hoy una presidenta que aparentemente desconoce operaciones de inteligencia, pero sí maneja información privilegiada sobre giras internacionales de K-Pop.

La visita de BTS a Palacio Nacional no fue casualidad. Fue una operación política. Un distractor cuidadosamente colocado en medio del escándalo de Rocha Moya y del nerviosismo evidente que existe dentro de Morena. Porque mientras el oficialismo hace maromas olímpicas para explicar por qué ahora sí debemos “esperar investigaciones”, “respetar procesos” y “no caer en linchamientos mediáticos”, la presidenta aparece hablando de música coreana y salud emocional juvenil desde el Salón Tesorería.

El contraste es brutal. Mientras medios internacionales hablan de narcotráfico, infiltración criminal y presión de agencias estadounidenses sobre México, aquí la conversación oficial gira alrededor de fans llorando en el Zócalo.

Y lo más interesante es que probablemente ni siquiera sea casual que la presidenta realmente desconozca ciertas cosas.

La reciente publicación de la Estrategia Nacional de Control de Drogas de la Casa Blanca y la creación de la Fuerza de Trabajo Conjunta Interagencias del Comando Norte dejan ver que Washington ya no opera bajo la lógica tradicional de cooperación diplomática total con el gobierno mexicano. Ahora opera bajo esquemas fragmentados, selectivos y profundamente desconfiados.

Traducido al español político, hay información que probablemente no comparten completa porque no confían plenamente en quién la recibe.

Y eso explica muchas cosas.

Explica por qué ciertas operaciones parecen enterarse primero en medios estadounidenses que en Palacio Nacional. Explica por qué algunas acciones se coordinan directamente entre agencias norteamericanas y sectores específicos de las Fuerzas Armadas mexicanas. Explica por qué la narrativa presidencial muchas veces llega tarde, confundida o contradiciendo información que ya circula internacionalmente.

El problema es devastador.

Porque un país donde el gobierno de Estados Unidos confía más en mandos militares específicos que en las estructuras políticas civiles mexicanas, es un país que ya perdió parte importante de su credibilidad institucional.

Y ahí entra otra ironía monumental de la Cuarta Transformación.

El movimiento que prometía recuperar soberanía terminó construyendo el escenario perfecto para que Washington opere bajo mecanismos extraordinarios de vigilancia y control regional.

Y mientras eso ocurre, la presidenta habla de BTS.

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