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Opinión, Plumas

Payasos, cumbias y algoritmo: la revancha del barrio

Isra Reyes
Isra Reyes
septiembre 1, 2025

En México, la cultura popular no muere: se recicla, se pinta la cara y sale a bailar. El último ejemplo es una estampa que combina memoria y presente: jóvenes con maquillaje de payaso, cámara en mano, caminando por tianguis, pulgas, combis y mercados; de fondo, una cumbia que muchas familias escucharon en bodas y kermeses: “Ojitos mentirosos.” El trend no es una frivolidad: es un relato audiovisual del barrio contado por el propio barrio. En esencia, una toma de la palabra desde la periferia, ahora amplificada por TikTok. 

La imagen es poderosa porque está anclada en otra: la portada y la primera escena de Chicuarotes (2019), la película de Gael García Bernal donde dos payasos buscan ganarse la vida en el transporte público y terminan asaltando el camión. La cinta retrata precariedad, anhelo y rabia; el trend los remezcla con orgullo y juego. No es turismo de la miseria: son los propios habitantes mostrando su entorno y su belleza áspera. 

La música que lo sostiene también tiene biografía. “Ojitos mentirosos” nació en 1973 con la chicha peruana de Los Ecos, compuesta por Coré Cuestas Chacón; luego cruzó fronteras, se regrabó en Colombia y, en México, se volvió un clásico popular en la versión de los hermanos laguneros de Tropicalísimo Apache. Esa genealogía cuenta otra historia: la del corredor andino-caribeño que por décadas ha nutrido los bailes y radio grupera del país. 

Pero el impulso definitivo vino de una lectura muy actual del regional mexicano: Chino Pacas lanzó su interpretación y en cuestión de días escaló listas y algoritmos. La versión se colocó en el Top semanal de Spotify (puesto tres), sumó más de 10 millones de reproducciones en 22 días, fue número dos entre las canciones más virales de México y tendencia #1 en YouTube. No es sólo un cover: es la llave que abrió un archivo emocional y lo puso a rotar en la economía de la atención. 

¿Qué nos dice este revival? Primero, que el regional mexicano ya no es un género: es un sistema de circulación cultural donde caben corridos tumbados, sierreños, cumbias reversionadas y baladas dolidas. Segundo, que el barrio —ese territorio tantas veces caricaturizado— está aprendiendo a narrarse a sí mismo con herramientas de cine breve: planos, color, coreografía y montaje. Tercero, que la memoria popular es un capital: canciones que parecían confinadas a la nostalgia encuentran nuevos públicos cuando un intérprete contemporáneo les cambia el traje sin tocarles el alma. 

De los riesgos. La moda puede volverse exotización de la pobreza o simulacro de empatía: pintar la cara de payaso sin mirar a los ojos a quien vive esa precariedad todos los días. La vara crítica está en la autoría y el lugar de enunciación: no es lo mismo un trend impuesto desde el confort que un relato nacido desde el núcleo de los barrios como los de Saltillo, Neza, Cancún o Morelia, con el mercado, la feria de pueblo y la fonda como escenografías vivas. Cuando el video es también testimonio, el baile se vuelve crónica. 

En el fondo, esta oleada confirma una intuición: México es una potencia de símbolos. Una película que habló de desesperanza, una cumbia que atravesó décadas y países, y un cantante que entiende el pulso digital convergen para producir comunidad instantánea. No es casual que el estribillo pegue: la canción narra el desamor con sencillez, y el encuadre urbano agrega pertenencia. Si el algoritmo premia lo repetible, el barrio aporta lo irrepetible: el tono, la cadencia, la mirada.

Porque al final, “Ojitos mentirosos” no engaña: lo que vemos es México bailando con su propia memoria. Y cuando el barrio cuenta la historia con ritmo y color, el país entero escucha el compás.

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