La Copa Mundial de la FIFA 2026 se anuncia como una cita histórica: la primera realizada de forma tripartita (Estados Unidos, México y Canadá), con 48 selecciones, escenarios repartidos por miles de kilómetros, y promesas millonarias de espectáculo, modernidad y alcance planetario. Pero detrás del brillo y los estadios nuevos se dibuja una sombra inquietante: la del riesgo de que el evento más universal del fútbol se transforme en instrumento de propaganda, control y exclusión.
Porque este Mundial no solo tiene un contexto deportivo. Tiene nombre, rostro y poder. Y ese rostro es el del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, figura polarizante, con decisiones de gobierno que han tensionado la integración, la migración y los derechos fundamentales.
Recientemente la FIFA (la entidad que regula el fútbol mundial) instituyó un premio: el llamado “Premio de la Paz de la FIFA”. Y en su primera entrega se lo concedió a Trump, justo en la gala de sorteo para el Mundial. No se trató de un premio ganado por una trayectoria de reconciliación global, sino de un gesto simbólico que muchos interpretaron como servilismo puro de un organismo deportivo ante un líder con agenda nacionalista. Esa concesión pone en evidencia algo más grave: si la FIFA legitima con honores a figuras con políticas migratorias estrictas, la pregunta inevitable es ¿para qué estamos ante una institución deportiva, y para qué ante un instrumento político?
El Mundial deja de ser torneo; se vuelve vitrina. Y ello conlleva efectos reales: selecciones, aficiones y comunidades enteras podrían quedar excluidas. Organizaciones de derechos humanos ya alertan sobre riesgos concretos: detenciones arbitrarias, deportaciones, discriminación, vigilancia intensa, amenazas a migrantes, periodistas, personas LGBTI.
Más allá del drama político, el propio formato del Mundial 2026 trae consecuencias objetivas: con 48 equipos y sedes distribuidas en vastos territorios, de Canadá al sur de México, la logística será monumental. Eso implica un incremento gigantesco en viajes, vuelos, infraestructura, traslados masivos, hospedajes. Pero también un aumento del impacto ambiental, del riesgo en la movilidad, y en un país con políticas migratorias restrictivas, la necesidad de visas, controles, vigilancia… una burocracia capaz de convertir la emoción del mundial en una pesadilla para muchos aficionados internacionales.
Y ojo: si para aspirantes a viajar al torneo esto ya representa un obstáculo, para quienes ya viven bajo la sombra del estigma migratorio, el panorama se vuelve aún más grave.
El Mundial siempre fue más que fútbol: es una plataforma cultural, política y simbólica. Pero cuando un Estado lo usa como estandarte de orgullo nacional y al mismo tiempo endurece sus fronteras, limita derechos y criminaliza migrantes, el drama ya no cabe solo en la cancha. La Fiesta del Balón podría convertirse en una maquinaria de exclusión, donde solo ciertos cuerpos tienen permitido celebrar. Donde la apariencia de apertura (estadios llenos, público global) encubra normas de control, vetos y desigualdad.
Para el mundo futbolero, es un llamado al cuidado: no podemos dejar que el balón ruede sobre un tapete de injusticias. Que el Mundial no sea solo un escaparate de luces, comercio y turismo: que sea una responsabilidad colectiva para que todos, sin excepción, tengan derecho a soñar con la camiseta que aman.




