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Opinión, Plumas

Petróleo, presión y geopolítica

Isra Reyes
Isra Reyes
febrero 23, 2026

La historia de México con el petróleo es una novela de aprendizaje. Aprendimos a expropiarlo con dignidad, a administrarlo con soberbia, a malvenderlo con tristeza. Pero nunca, hasta ahora, habíamos aprendido a usarlo como termómetro de nuestra propia impotencia. Lo que ocurre en el Caribe estos días no es un capítulo más de la eterna disputa entre Cuba y Estados Unidos. Es una radiografía de los márgenes reales de la política exterior mexicana cuando la pistola arancelaria de Trump se carga con balas de intervención directa.

Por un lado, Claudia Sheinbaum, una presidenta que ha hecho de la mesura su principal arma, intenta cumplir con una promesa casi un dogma: ayudar a Cuba. No por capricho ideológico, sino por una tradición que viene de lejos, de aquel 1962 en que México fue el único país que se plantó en la OEA para decir que no a la expulsión de la isla. En 2022, AMLO viajó a La Habana; en 2023, condecoró a Díaz-Canel con el Águila Azteca. Esa hermandad es parte del ADN de la política exterior mexicana.

Pero enfrente está Trump, envalentonado por el secuestro de Maduro en enero, con una flota apostada en el Caribe y una orden ejecutiva firmada el mismo 29 de enero en que alababa a Sheinbaum en Truth Social. La orden es un misil dirigido: cualquier país que venda petróleo a Cuba se enfrentará a aranceles punitivos. El blanco es obvio. México se había convertido en la tabla de salvación de la isla, enviándole más de 17,000 barriles diarios, casi la mitad de su consumo. Un gesto de solidaridad que, de pronto, se vuelve un problema de seguridad nacional para Estados Unidos.

Sheinbaum suspende los envíos de crudo, envía 800 toneladas de ayuda humanitaria y levanta el teléfono. Es la misma estrategia que le funcionó en 2025: aislar a Marco Rubio, el halcón cubanoamericano, y hablar directamente con el patrón. Trump la llama «maravillosa», pero la Casa Blanca es un péndulo entre el halago y la puñalada. Días después, conmemoran la guerra de 1847 como «victoria legendaria» y Rubio exige «resultados tangibles». El mensaje es claro: los barriles de petróleo no se negocian.

Ahí reside el dilema histórico. Sheinbaum apuesta por el «Plan México», por fortalecer el mercado interno. Pero el exterior es un vecino que tiene una cuarta parte de su marina en el Caribe, dispuesto a interceptar cualquier buque que desafíe la «cuarentena». Llamarle bloqueo sería reconocer un acto de guerra; llamarle cuarentena es un eufemismo que no engaña a nadie.

¿Y las cartas de México? Las tiene. La economía estadounidense perdió 68,000 empleos industriales en 2025. La inversión extranjera en México batió récords. Sheinbaum podría mirar a los ojos a Trump y decirle: «Adelante, pon los aranceles». Sería un acto de dignidad.

Pero el problema no es solo económico, es existencial. Aceptar la asfixia de Cuba, doblar la mano en un tema tan simbólico para la soberanía mexicana, sería admitir que la historia de rebeldías ha terminado. Y si México cede en esto, ¿qué le impedirá a Trump exigir el control de los minerales estratégicos, o la revisión del tratado comercial?

El imperio, cuando huele sangre, no se detiene. Y la sangre, en este caso, es la de una tradición diplomática que fue un orgullo. México está en la encrucijada: entre el pragmatismo que posterga y la dignidad que enfrenta. El petróleo, que nos dio libertad en 1938, hoy amenaza con ser el sello de nuestra claudicación. Si esa llama se apaga en La Habana, también parpadeará peligrosamente en México.

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