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Opinión, Plumas

Montesquieu contra el algoritmo

Isra Reyes
Isra Reyes
mayo 19, 2026

Hay una escena silenciosa sucediendo en nuestro tiempo: las democracias siguen invocando conceptos románticos como la libertad, la división de poderes o la ciudadanía, pero cada vez menos recuerdan de dónde vienen esas ideas.

Ya casi nadie lee a Montesquieu y quizá ese detalle explica más cosas de las que parece, pero ¿quién es ese bato? El autor de Del espíritu de las leyes no fue solamente un filósofo ilustrado del siglo XVIII, sino también uno de los arquitectos intelectuales de la democracia moderna. La idea de separar el poder para evitar el abuso (ejecutivo, legislativo y judicial) nace, en buena medida, de él. Sin esa intuición, difícilmente existirían las repúblicas contemporáneas tal como las conocemos (o mal conocemos) ahora 

Pero el problema de nuestra época no es únicamente que ya no leamos filosofía política. El problema es que hemos comenzado a desconfiar del universalismo que sostenía a pensadores como Montesquieu. Hace tiempo llegué a leer un artículo que más o menos decía (disculpen que no pueda citarlo, no recuerdo el nombre ni el autor) la Ilustración parece cada vez más lejana de un mundo dominado por identidades rotas, discursos victimistas y polarización permanente. Basta mirar alrededor para notar que algo de eso es cierto.

La conversación pública ya no gira en torno al interés común, sino a la individualidad, a los logros personales, a nuestras propias batallas internas. Vaya, desde que nos decían que en la mesa no se hablaba de política, obedecimos como borregos para solo hablar de nosotros mismos sin importar lo colectivo. Nación, ideología, identidad, comunidad digital, todos hablan desde trincheras, pocos desde una noción compartida de ciudadanía.

Montesquieu proponía exactamente lo contrario, defendía una idea casi olvidada: que existe un bien superior al interés individual o tribal. En una frase célebre escribió que, si algo beneficiaba a su patria, pero perjudicaba al género humano, lo consideraría un crimen. Hoy esa idea parece ingenua.

Vivimos en la época del algoritmo, donde las plataformas premian la indignación y no la reflexión. Según diversos estudios sobre fatiga cognitiva y polarización digital, pensamos más rápido, pero con menos profundidad y esa profundidad se vuelve tan necesaria hasta para hablar del mismísimo amor, caray. En ese contexto, leer a Montesquieu se vuelve incómodo porque obliga a detenerse, a pensar en instituciones, en equilibrios y claro en los límites. Exactamente lo contrario de una cultura política que premia el impulso y el espectáculo hoy en día.

No es casual que el populismo (no importa que sea de derecha o de izquierda) desconfíe de la lógica ilustrada. La división de poderes estorba cuando se quiere concentrar el poder o la autoridad. Los contrapesos molestan cuando el liderazgo se construye desde la emoción, esa que solo se vuelve un cúmulo de manipulaciones. El problema es que las democracias no mueren solo con golpes de Estado, a veces se erosionan lentamente, cuando la ciudadanía deja de comprender los principios que las sostienen. Ahí aparece el verdadero drama cultural de nuestro tiempo: hemos convertido la opinión en sustituto del pensamiento.

Todos hablan.

Pocos estudian.

Todos reaccionan.

Pocos reflexionan.

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