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Opinión, Plumas

Más que un concierto

Fernando Urbano
Fernando Urbano
diciembre 15, 2025

En México solemos discutir comúnmente la economía como si fuera solamente un concepto abstracto, atrapado entre discursos oficiales, cifras optimistas y promesas que rara vez se reflejan en la vida cotidiana. Sin embargo, existen fenómenos concretos, visibles y medibles que muestran con mayor claridad cómo se mueve realmente el país. Los grandes conciertos internacionales son uno de ellos, aunque a ciertos sectores del poder les incomode reconocerlo.

Las recientes presentaciones en este mes de artistas como Dua Lipa y Bad Bunny, concentradas principalmente en la Ciudad de México, exhiben una realidad que el discurso político suele minimizar, la economía real se activa muchas veces sin el Estado y, en no pocas ocasiones, a pesar de él. Porque un concierto no es solo la compra de un boleto. Es una cadena económica completa que incluye vuelos, carreteras, aeropuertos, hospedaje, plataformas digitales, restaurantes, transporte local, comercio formal e informal, servicios culturales, seguridad privada, personal temporal y turismo de paso, todo activándose en cuestión de días.

Para asistir a uno de estos conciertos fue necesario organizar un viaje exprés, volar la noche del jueves, llegar de madrugada a la Ciudad de México tras un retraso de mi vuelo, permanecer únicamente el viernes en la ciudad, pernoctar, desayunar, comer, trasladarme, caminar el Centro Histórico, visitar un museo, asistir al concierto y regresar el sábado por la tarde a Saltillo. El objetivo fue uno solo, el concierto. Todo lo demás ocurrió alrededor de ese evento y activó, sin discursos ni propaganda, una microeconomía real, inmediata y plenamente verificable.

No fue la primera vez que vi a la misma artista. La ocasión anterior fue en Monterrey, en el estadio Banorte (ITESM). El contraste con el Foro GNP de la Ciudad de México es abismal, asistencia, infraestructura, producción, movilidad, seguridad y el ecosistema económico que se arma alrededor del espectáculo. No es casualidad que muchos de estos eventos se concentren en la capital y en las ciudades más grandes del país; ahí existe una red capaz de absorber y multiplicar la derrama, mientras en otras regiones seguimos esperando que la “descentralización” deje de ser eslogan.

Y aquí aparece el punto político que suele omitirse. Todo este movimiento ocurre gracias a la iniciativa privada, que invierte, planea, arriesga capital y ejecuta eventos de escala internacional. El Estado, como suele suceder, aparece después, para regular, cobrar impuestos, imponer sellos o adjudicarse el impacto turístico cuando ya pasó lo difícil. Rara vez aparece para facilitar permisos, simplificar trámites, mejorar movilidad, garantizar entorno seguro o, simplemente, entender que la industria cultural también es economía.

Y si esto suena “banal”, conviene mirar quién paga el costo real, promotores, marcas, recintos y ciudades que ajustan movilidad y seguridad. Aun así, el centralismo decide, la capital concentra fechas y el resto compra boleto de avión. 

Mientras desde el poder se insiste en narrativas de austeridad, sospecha del consumo o desdén hacia el entretenimiento, miles de personas viajan, gastan y generan ingresos en múltiples niveles. La economía no se mueve por consignas ni por mañaneras; se mueve porque la gente decide vivir experiencias. Tal vez el problema no es que la economía no crezca, sino que algunos prefieren no ver dónde sí lo hace, porque ahí no hay listón para cortar.

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