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Opinión, Plumas

Maromas institucionales

Fernando Urbano
Fernando Urbano
abril 6, 2026

Hay escenas que, por absurdas, terminan siendo profundamente reveladoras. No por su gravedad, sino por lo que detonan. Hace unos días circuló, una imagen aparentemente simple, una mujer asoleándose las piernas desde una ventana de Palacio Nacional, que se convirtió en un caso de estudio sobre cómo se construye, se defiende y, cuando es necesario, se reinventa la realidad desde el poder.

La escena estaba documentada. Video, fotografías, distintos ángulos. No había mucho margen para la duda. Sin embargo, lo que vino después no fue una explicación, sino una operación. Coordinada, inmediata y con una precisión que ya no sorprende, voces alineadas, discursos replicados, argumentos idénticos. De pronto, lo evidente dejó de serlo. La narrativa oficial no buscó explicar el hecho, sino negarlo.

Se habló de inteligencia artificial. De manipulación digital. De un supuesto montaje orquestado por la “derecha” para desacreditar al movimiento. Se aseguraron verificaciones inexistentes, estudios que nadie vio y análisis técnicos que nunca se mostraron. La consigna era clara, no importa lo que se vea, importa lo que se diga que se ve.

Y durante horas, y muchos días, esa versión se sostuvo. No porque fuera creíble, sino porque era funcional. Porque en el modelo de comunicación política que hoy domina, la verdad no se defiende, se administra.

Lo interesante vino después. Cuando la propia presidenta, en una mañanera, confirmó lo que desde el inicio era evidente, sí ocurrió. Sí había una mujer. Sí se asomó por la ventana. Sí se puso a asolearse. No era inteligencia artificial, no era montaje, no era un ataque coordinado. Era, simplemente, un hecho.

Y entonces, sin mayor explicación, la realidad regresó. Sin consecuencias para quienes la habían negado. Sin rectificaciones públicas. Sin asumir el costo de haber construido, una vez más, una versión paralela de los hechos.

Porque ese es el fondo del asunto. No se trata de una mujer en una ventana. Se trata de un mecanismo. De una forma de operar que se activa cada vez que algo se sale del guion. Cuando la realidad incómoda, se ajusta. Cuando no se puede ocultar, se distorsiona. Y cuando ya no es sostenible, simplemente se sustituye.

Las “maromas”, esas que de manera olímpica practican, hoy se institucionalizan. Se vuelven método, reflejo, protocolo. Ya no son improvisación, son estrategia.

Y en ese proceso, también quedan expuestos quienes participan en él. Voces que, más que informar, replican. Que más que analizar, obedecen. Que no construyen criterio, sino narrativa. Porque en el fondo no defienden una postura, defienden una línea.

Lo verdaderamente preocupante no es el error inicial, sino la reacción posterior. Porque revela una relación cada vez más frágil con la verdad. Una lógica donde lo importante no es lo que ocurre, sino lo que conviene que ocurra en el discurso.

Palacio Nacional no es cualquier edificio. Es un símbolo. Un espacio que representa la historia, la institucionalidad y el ejercicio del poder en México. Y aunque el hecho en sí pueda parecer menor, y lo es, lo que lo rodea no lo es.

Porque en otro contexto, en otro momento, con otros actores, el mismo episodio habría sido utilizado como munición política. Amplificado, cuestionado, explotado. Hoy, en cambio, se minimiza. Se relativiza. Se protege. Esa doble vara es, quizá, la parte más evidente de todo esto.

Al final, la escena de las piernas al sol terminará diluyéndose en el flujo constante de información. Pero el mecanismo que activó no. Ese permanece. Se repite. Se perfecciona. Y  ahí está el verdadero problema.

Porque cuando la realidad necesita ser corregida desde el poder para que encaje en la narrativa, lo que está en juego no es una imagen, sino la confianza misma en lo que vemos.

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