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Opinión, Plumas

Los ruidos que no se pueden silenciar

Fernando Urbano
Fernando Urbano
febrero 23, 2026

En política, los problemas no desaparecen porque alguien decida no mencionarlos. A veces basta con observar con calma para entender que lo que hoy se intenta minimizar mañana termina marcando el rumbo de un proyecto entero. En una semana, tres episodios distintos pero conectados por el mismo hilo de tensión interna, dejaron ver que al interior de Morena soplan vientos que difícilmente pueden explicarse como simples malentendidos.

El caso de Marx Arriaga volvió a colocar en la conversación pública algo que el oficialismo preferiría evitar, la disputa por el rumbo ideológico y el control narrativo dentro del aparato educativo. Las críticas de la oposición en el Senado, más allá del tono habitual, reflejan un malestar que no surge en el vacío. Cuando se habla de actitudes “porriles” y se exige rendición de cuentas, lo que realmente está en juego es la credibilidad de una estructura que durante años se presentó como moralmente superior. Resulta irónico que quienes prometieron desterrar las viejas prácticas ahora deban explicar comportamientos que recuerdan demasiado al pasado que juraron combatir.

A la par, la publicación del libro de Julio Scherer Ibarra funciona como ese tipo de espejo incómodo que nadie quiere mirar demasiado tiempo. Las revelaciones del exconsejero jurídico no sólo alimentan el morbo político; también evidencian las fracturas internas de un movimiento que, conforme se acerca a nuevas etapas de poder, enfrenta el inevitable ajuste de cuentas entre grupos, lealtades y versiones de la historia. En cualquier partido, los libros de memorias suelen ser ejercicios de catarsis. En Morena, parecen convertirse en señales de que la narrativa de unidad comienza a resquebrajarse.

Y como si el frente político no fuera suficiente, la denuncia del contralmirante Fernando Guerrero Alcántar sobre las redes de contrabando de combustible en aduanas marítimas, seguida por su asesinato, introduce un elemento mucho más delicado, la sospecha de que los problemas estructurales que el gobierno prometió erradicar siguen presentes en espacios sensibles del Estado. Aquí la ironía se vuelve más amarga, porque mientras el discurso insiste en la transformación profunda, la realidad recuerda que las inercias institucionales no se desmontan con declaraciones.

Frente a estos episodios, la reacción oficial ha sido predecible, restarles importancia, hablar de exageraciones y cerrar filas. La presidenta, en su estilo característico, ha optado por las maromas discursivas que buscan convertir tormentas en simples chubascos. Sin embargo, la política tiene memoria y, sobre todo, tiene acumulación. Los temas que hoy se desestiman suelen reaparecer cuando menos conviene.

Lo interesante no es sólo lo que ocurre, sino lo que revela. Morena ya no es el movimiento compacto de oposición que podía cohesionarse alrededor de una causa común. Hoy es un partido en el poder, con corrientes, intereses y tensiones propias de cualquier fuerza gobernante. Y eso implica que las contradicciones salgan a la superficie, por más que se intenten cubrir con narrativa optimista.

Quizá el verdadero mensaje de esta semana es que la transformación, como concepto político, enfrenta su prueba más compleja cuando deja de ser promesa y se convierte en administración cotidiana del poder. Los ruidos internos no necesariamente anuncian ruptura, pero sí advierten que la estabilidad no es automática.

Al final, por más maromas que se ensayen desde el discurso, hay sonidos que no se pueden silenciar. Y en política, como en la vida, lo que se escucha con insistencia rara vez es casualidad.

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