Uno de los errores más peligrosos consiste en juzgar el pasado únicamente desde la comodidad moral del presente. Bajo esa lógica, prácticamente toda la historia de la humanidad terminaría reducida a una gigantesca lista de monstruos irreconciliables con los estándares éticos actuales. Y claro, visto desde hoy, Hernán Cortés representa muchas cosas incómodas, guerra, sometimiento, violencia, ambición, expansión imperial y destrucción de civilizaciones. Negarlo sería absurdo.
Pero igual de absurdo es intentar reducir quinientos años de historia a un discurso simplón de buenos y malos diseñado para consumo político instantáneo.
El problema ya no es Hernán Cortés. El verdadero problema es la obsesión enfermiza que tiene Morena con reescribir la historia para convertirla en propaganda ideológica.
Sheinbaum decidió nuevamente colocar a Cortés en el centro del debate público aprovechando la visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Y lo hizo exactamente bajo la lógica que el oficialismo domina perfectamente, polarizar, simplificar y fabricar enemigos históricos para mantener viva una narrativa emocional de confrontación permanente.
Cortés pasó entonces de ser un personaje histórico complejo a convertirse, según la narrativa presidencial, en “feminicida”, “esclavista”, “genocida” y prácticamente la encarnación absoluta del mal.
Y cuidado, no se trata de defender a Hernán Cortés. Se trata de defender la inteligencia histórica mínima necesaria para no convertir el debate público en propaganda ideológica de primaria.
Porque una cosa es analizar críticamente la Conquista y otra muy distinta es utilizarla como instrumento político de resentimiento contemporáneo.
El gran problema del obradorismo es que necesita vivir permanentemente en guerra contra algo, contra el neoliberalismo, contra España, contra los empresarios, contra el pasado, contra la prensa, contra el INE, contra la Corte, contra Estados Unidos, contra la clase media o contra quien toque esa semana. El conflicto permanente es su combustible político. Y ahora también parece que Hernán Cortés volvió a convertirse en villano útil del régimen.
Lo más irónico es que la presidenta acusó de “ignorancia” a Isabel Díaz Ayuso mientras ella misma exhibía errores históricos. Particularmente cuando afirmó que Cortés terminó enterrado en México porque “en España no lo querían”.
Pero basta leer el testamento de Cortés para descubrir que fue él mismo quien pidió expresamente que sus restos fueran llevados a la Nueva España. No fue expulsado, repudiado ni abandonado por España. Simplemente decidió que sus restos descansaran en el territorio donde había construido su vida política y militar.
La precisión histórica nunca ha sido prioridad del populismo. Para Morena, funciona como herramienta emocional. No importa demasiado si los datos son correctos; lo importante es construir símbolos de confrontación que alimenten la narrativa ideológica.
Pero más allá de la coyuntura política, lo verdaderamente delicado es el empobrecimiento intelectual que provoca esta visión oficialista de la historia.
Porque México no nació de una pureza indígena intacta ni de una civilización aislada del mundo. México nació precisamente del choque brutal, complejo, contradictorio y profundamente humano entre dos mundos distintos. Negarlo es negar literalmente nuestra propia existencia histórica.
Reducir todo eso a una caricatura ideológica de opresores contra oprimidos es intelectualmente pobre y políticamente irresponsable. Y mientras más compleja se vuelve la realidad actual del país, violencia, narcotráfico, corrupción, crisis institucionales, presión internacional y deterioro económico, más necesita refugiarse en batallas simbólicas contra fantasmas históricos.


