Buscar nuestro camino, buscar a Dios, buscar nuestro destino, forjar nuestro
futuro. Todo lo anterior lo que eso o ello signifique. Si buscamos nuestro
destino, lo hacemos a través de una ruta, esta es una vía (no pocas veces de
palabras y de reflexión) para saber a dónde vamos y transitamos. Y si decimos
vía, camino, itinerario, estamos hablando del viaje.
Lo cual usted lo sabe, es de una riqueza simbólica inigualable. Si nos vamos a
viajar es porque andamos buscando esa vía regia, ese camino hacia la mujer
amada, hacia un destino anhelado o hacia Dios: hacia nuestro centro espiritual.
El viaje es entonces símbolo de buscar la verdad, la paz, la inmortalidad, el
descubrimiento de Dios. En sus propias palabras, Jesucristo lo dijo: “Yo soy la
vía” (Juan 14:6). La vía real o regia en los tiempos antiguos, en tiempos de
romanos, judíos y cristianos, era la vía recta. Lo cual se presenta como
oposición a los caminos torcidos, rebuscados. Este rico simbolismo aparece en
Números en el Antiguo Testamento.
Y todos, todos de alguna manera pues sí, andamos nuestra vía, nuestro muy
personal camino el cual nadie más lo puede transitar, nadie más. Y hoy, todo
esto ha quedado sepultado en la nada, en la vacuidad de Internet y redes
sociales. Se ha llegado a una vida vegetativa apoltronados en mullido sillón y
con una pantalla táctil plana a un lado, encendida día y noche.
¿Antes? Antes se paseaba, se viajaba, se andaba el camino, se recorría la vía.
Si acaso no se podía salir más allá de las fronteras físicas y mentales de la
ciudad, pues se hacía uno viajero en la misma ciudad. Turista en nuestra
ciudad que nos vio nacer. Y esta cualidad ya casi perdida hoy, es una cualidad
fundamental no sólo en tiempos antiguos de la Biblia, sino que es rasgo
fundamental de paseantes que han existido en la historia de la humanidad,
como ese escritor fundamental en mi literatura, Henry David Thoreau.
En un pequeño opúsculo titulado precisamente “Pasear”, bello libro editado en
España, el autor nos propone el paseo no como una sola y unívoca situación
corporal de paseo físico, sino que este paseo se convierta en una actividad
fundamental para los sentidos y anudemos nuestra alma de hombre en una
comunicación y comunión con la naturaleza reinante. El libro es de una prosa
deslumbrante, pero, sobre todo, es una divagación plena y gozosa sobre todo a
aquello que nos rodea, sin olvidar nuestro interior, donde fluye nuestra vida
plena y completa.
Pasear, viajar. Es verano y es tiempo de disfrutar un poco, hacer un alto en la
vida y recargar energías disfrutando un destino elegido. ¿No se puede viajar,
no hay pesos suficientes? Pues es entonces menester hacer el mejor viaje
posible y único: viajar hacia uno mismo, encontrarse a uno mismo y la mejor
manera de ello es leer, prepararse, viajar, disfrutar. Algunos libros
recomendables para este verano son los siguientes.
En corto:
#Es un libro clásico y es obligado leerlo o releerlo para comprender a este
México violento y brutal de hoy. Es “México Bárbaro” del periodista gringo,
John Kenneth Turner (1879-1948), quien al venir al venir al país a documentar
el esclavismo, las oprobiosas condiciones de hombres y mujeres trabajadoras,
realizó una serie de reportajes que hoy son un libro fundamental para
entendernos como un país violento el cual jamás ha dejado de serlo.
#Hay un libro de reciente factura el cual está en boca de todos: “El loco de
Dios en el fin del mundo”, de la pluma del ibérico Javier Cercas. Una
verdadera joya, a mata caballo entre el relato, la estampa, la historia, la
crónica, la biografía, la reflexión; claro, con harta dosis de poesía. Lo invito a
que lo lea inmediatamente. ¿Tema? El viaje del escritor junto al Papa
Francisco a… Mongolia.
#Y claro, no se olvide usted de la triada invulnerable de mexicanos
universales. Lea o relea lo que encuentre o tenga de Octavio Paz, Carlos
Fuentes y Juan Rulfo. Así sea. Buen verano estimado lector.



