No fue sorpresa. Fue confirmación.
Hace tiempo lo advertimos, la figura de Adán Augusto López Hernández no se estaba desgastando, se estaba vaciando. Su salida de la coordinación de Morena en el Senado no es un ajuste interno ni una decisión táctica menor; es la señal más clara de su debilitamiento político y, al mismo tiempo, un reflejo incómodo de los golpes que hoy alcanzan a la propia presidenta y al relato moral de la Cuarta Transformación.
Adán Augusto no fue un actor secundario. Fue Secretario de Gobernación, operador del poder, voz de confianza del expresidente y aspirante presidencial. Su historia política está cosida a la 4T. Por eso su caída no puede leerse como un hecho aislado, sino como una grieta estructural que expone la fragilidad del discurso oficial cuando la realidad se vuelve imposible de maquillar.
El vínculo con Hernán Bermúdez Requena, su secretario de Seguridad en Tabasco, hoy procesado y señalado como líder de La Barredora, no es un rumor reciente. Desde informes de inteligencia hasta denuncias formales, las alertas existían. ¿Lo sabían? Todo indica que sí. ¿Actuaron? No. Y en la lógica que la propia 4T impuso, si no sabías, fallaste; si sabías, encubriste; y si callas, confirmas.
Lo verdaderamente revelador no es solo la acumulación de señalamientos (denuncias penales, auditorías con daño patrimonial, transferencias no declaradas, redes empresariales, huachicol fiscal, nepotismo descarado), sino el hecho de que nada haya derivado en consecuencias legales. Adán cayó del primer círculo del poder, pero no de la protección institucional. Su curul como senador sigue siendo el blindaje perfecto, una cápsula de impunidad avalada por un Congreso que prefiere mirar hacia otro lado.
Aquí es donde la política se vuelve incómoda. Su salida puede interpretarse de dos maneras, como una toma de distancia de Claudia Sheinbaum Pardo respecto al círculo más cercano del expresidente, o como una concesión silenciosa a Washington, que desde hace tiempo exige señales claras de que México no protege estructuras criminales desde el poder. Probablemente sea una mezcla de ambas. En política, casi nunca hay una sola razón.
Lo que resulta innegable es que este episodio marca un antes y un después. No por la caída de un hombre, sino porque obliga a la 4T a enfrentarse a su propio espejo, un movimiento que prometió erradicar la corrupción, pero que terminó administrándola con un lenguaje distinto y una narrativa más elaborada. El problema ya no es la oposición ni los “medios conservadores”; el problema está dentro.
Pero que nadie se engañe, removerlo de la coordinación no limpia el pasado ni resuelve el fondo. El obradorismo intenta incendiar a uno de los suyos para purificarse, pero el fuego no purifica cuando la impunidad sigue intacta. El relato mesiánico empieza a resquebrajarse porque la moral, cuando es selectiva, termina siendo propaganda.
Adán Augusto no se cayó solo. Lo empujaron los hechos, los documentos, los silencios cómplices y una estructura que creyó que nunca sería investigada. Lo dijimos antes y hoy se confirma, el problema no era un hombre, era una doctrina. La de un poder que nunca se equivoca, que nunca rinde cuentas y que jamás se mancha, aunque huela a podrido.
La profecía no fue valentía. Fue lectura política. Y apenas estamos viendo el principio del ajuste de cuentas que la realidad siempre cobra, tarde o temprano.




