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Opinión, Plumas

La poderosa voz de Lichtman

Fernando Urbano
Fernando Urbano
julio 22, 2025

Muy poco fue lo que dijo Jeffrey Lichtman, pero mucho fue lo que provocó. Bastó una insinuación, una frase lo suficientemente ambigua y atrevida para encender el tablero político y hacer que desde Palacio Nacional hasta los sótanos digitales de las redes morenistas, se alzaran voces con más indignación que inteligencia.

Sí, Lichtman, el abogado de Ovidio Guzmán, el mismo que ha hecho de la defensa de narcotraficantes una especialidad, se permitió lanzar un comentario que sugería vínculos entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el crimen organizado. Y no, no fue un señalamiento directo ni una prueba fehaciente. Fue, como suelen ser estas cosas, una provocación calculada. Pero en vez de tratarlo como lo que era, una provocación sin sustento, desde el gobierno federal decidieron hacerle promoción gratuita.

Primero fue el fiscal Gertz Manero, que informó que emitiría un comunicado tachando de irresponsables las declaraciones del abogado. Luego, para sorpresa de muchos, fue la propia presidenta quien salió en conferencia de prensa para responderle. Y ahí empezó el verdadero desastre.

Porque si algo no necesita un presidente de la República es entrar en diálogo con el abogado de un narcotraficante. Mucho menos responderle con seriedad institucional. La respuesta debió ser el silencio, porque, aunque se dice que “el que calla, otorga… también se puede ignorar lo que no vale la pena responder”.

Y sin embargo, ahí estaba Claudia Sheinbaum, prestándole micrófonos y reflectores a Lichtman. Y como si no fuera suficiente, días después, volvió a abordar el tema y, peor aún, anunció que su gobierno presentará una demanda por difamaciónen México. Sí, leyó bien, en México. Contra un abogado que vive en Estados Unidos, cuya declaración fue hecha allá, en un contexto judicial estadounidense, y cuya defensa legal no está sujeta a la legislación mexicana.

¿Resultado? Un sinsentido jurídico, una pérdida de tiempo administrativo y, sobre todo, una torpeza política. Porque más allá de la imposibilidad práctica de notificarle legalmente (este tipo de situación no es precisamente express, y además, el delito de difamación ya no existe a nivel federal en nuestro país), lo que queda es una mala jugada co-mu-ni-ca-cio-nal. Una muestra de torpeza y falta de prudencia.

Ahora bien, ¿por qué tanta sensibilidad? ¿Por qué esa necesidad de aclarar con premura algo que, según ellos, en teoría, no tendría ni pies ni cabeza? ¿Será que el nerviosismo se coló en Palacio Nacional por algo más que una declaración? Porque, casualmente, la “falsa acusación” de Lichtman ocurrió a la par de que Ovidio Guzmán se declaraba culpable en Estados Unidos, y esa sí es una noticia que debería preocuparle más al oficialismo.

El juicio de Ovidio ha puesto bajo lupa muchas cosas, pero una de las más evidentes es el silencio que ha rodeado a su entrega, su proceso y su cooperación. Y ahora que el hijo del Chapo empieza a hablar, hay quienes en Morena parecen empezar a sudar frío. ¿Será porque lo que diga Ovidio no lo controla ningún vocero, ni se puede matizar en la mañanera?

Mientras tanto, el gobierno federal desperdicia capital político en una demanda que no va a prosperar, y cuya única función parece ser la de alimentar una narrativa nacionalista, “nos atacan desde fuera, pero no nos vamos a dejar”. Una vieja fórmula populista disfrazada de dignidad institucional.

Pero no hay que confundir dignidad con berrinche. Y tampoco hay que confundir firmeza con torpeza. La presidenta debió actuar con la serenidad que exige su investidura, no con la impulsividad que exige su partido. Porque en política, como en el ajedrez, a veces la mejor jugada es no moverse.

Y es que a veces, por más que uno tenga razón, el simple hecho de explicarse de más… levanta sospechas. Porque como bien se dice, “explicación no pedida, acusación manifiesta”.

¿Conclusión? El gobierno está peleando con un abogado que no vive aquí, en vez de poner atención a lo que está diciendo su cliente allá. Y mientras tanto, los morenistas siguen gritando traición, sin notar que el verdadero problema no está en lo que se dice, sino en lo que podría empezar a saberse. Y eso, eso sí da miedo.

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