En política y en la vida personal hay algo que compartimos todos, la falsa tranquilidad de creer que tenemos certezas. Esa sensación de estabilidad que, con un gesto, una palabra o una revelación, se derrumba de golpe. Lo sólido, en realidad, suele estar hecho de arena.
En el amor lo sabemos de sobra, basta un silencio para que aparezcan las dudas. Y en política no es distinto, basta una fotografía “filtrada”, un documento que se desliza en redes, para que quienes parecían inamovibles se vean de pronto caminando en terreno fangoso. La fragilidad no perdona credenciales, ni años de trayectoria, ni títulos honoríficos.
La política mexicana vive un momento de reacomodo que ha hecho evidentes estas fragilidades. No es muy complejo, seguro es una estrategia de la propia presidenta, que con un estilo quirúrgico, sin confrontaciones abiertas; le basta dejar que las grietas se hagan visibles por sí solas. Los excesos de algunos de sus cercanos, las incongruencias entre lo que se predica y lo que se hace, o simplemente la erosión del poder mal administrado, terminan por convertirse en mensajes claros, nadie es imprescindible.
Ahí está el caso de aquellos que hasta hace un par de meses parecían tener control absoluto de secretarías estratégicas, de estructuras completas, y que hoy ven cómo su margen de maniobra se reduce entre cuestionamientos públicos y recortes de confianza. No hizo falta un manotazo presidencial, solo un recordatorio sutil, las certezas del poder son siempre temporales.
El método es casi elegante, no hay necesidad de expulsar a nadie; basta con exhibir la contradicción. Una foto de excesos contrasta más que cualquier discurso sobre austeridad. Una filtración oportuna vale más que mil ruedas de prensa. La lección es clara, quien no entienda que el poder se ejerce con discreción termina aprendiendo que la lealtad a medias se paga con la pérdida de influencia.
Y es ahí donde la ironía aparece, en política, las certezas duran lo que tarda en llegar la próxima indiscreción. Ese operador que ayer se sentía intocable, hoy busca micrófono para justificar lo injustificable. Ese dirigente que hablaba de disciplina, ahora enfrenta a su propio espejo público, que le recuerda que predicar y practicar no siempre van de la mano.
Y ningún espacio es ajeno a esta dinámica. Hemos visto cómo figuras sólidas se tambalean al primer resbalón, y cómo el ciudadano se da cuenta cada vez más rápido de las incoherencias. La fragilidad de las certezas se multiplica en tiempos de redes sociales, cuando un video de 15 segundos puede pulverizar años de discurso elaborado.
Pero quizá lo más interesante es que esa misma fragilidad, en lugar de ser un defecto, es un recordatorio útil, ni el amor ni el poder están garantizados. Que un liderazgo se mantenga depende de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, de la capacidad de sostener una narrativa con hechos. Y que una relación personal perdure, depende de la sinceridad con la que se enfrenta lo incómodo, lo vulnerable.
Las certezas son cómodas, sí, pero también peligrosas. Nos adormecen. En la política como en la vida, creer que todo está bajo control es la antesala de una caída silenciosa. Al final, quizá la única certeza real es que lo único constante será siempre el cambio.




