En cuestión de semanas, millones de personas alrededor del planeta van a mirar hacia nuestro país. Llegarán turistas, periodistas, inversionistas, aficionados y delegaciones deportivas. Las cámaras del mundo apuntarán hacia nuestras ciudades, nuestros estadios, nuestras carreteras y nuestras instituciones.
En teoría, éste debería ser uno de esos momentos donde una nación muestra su mejor versión. Sin embargo, la realidad parece tener otros planes.
Mientras los gobiernos preparan discursos, ceremonias y campañas de promoción turística, las noticias de los últimos días han construido una narrativa muy distinta. Una narrativa que no nace de la oposición, ni de los medios críticos, ni de las redes sociales. Nace de los propios acontecimientos.
Primero fue el anuncio de nuevos bloqueos y movilizaciones que amenazan con paralizar algunas de las principales ciudades del país. La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey aparecen nuevamente en la lista de posibles afectaciones.
Después llegaron los señalamientos publicados por medios estadounidenses sobre investigaciones relacionadas con dos gobernadores en funciones, Alfonso Durazo, de Sonora, y Américo Villarreal, de Tamaulipas. Que estos nombres aparezcan asociados a vínculos con el crimen organizado vuelve a colocar a México en una conversación internacional que hace mucho dejó de ser cómoda.
Como si eso no fuera insuficiente, un puente peatonal recién inaugurado en el Aeropuerto de la Ciudad de México colapsó apenas unos días después de haber sido presentado como parte de los preparativos rumbo al Mundial.
La imagen fue devastadora. Porque más allá de las explicaciones técnicas, los dictámenes o las responsabilidades administrativas, el mensaje que recibe el ciudadano es simple, las cosas no están funcionando como deberían. Y ese es precisamente el problema que enfrenta hoy el gobierno federal.
Durante años la narrativa oficial logró dominar buena parte de la conversación pública. Siempre existía un tema más importante, un adversario más conveniente o una polémica capaz de desplazar la atención.
Pero la realidad tiene una característica profundamente incómoda, no se deja controlar. No importa cuántas conferencias existan. No importa cuántos videos se publiquen. No importa cuántos discursos se pronuncien.
Y esa narrativa hoy habla de incertidumbre. Habla de carreteras bloqueadas; de conflictos sociales sin resolver; de presiones internacionales; de investigaciones por presuntos vínculos criminales; de infraestructura cuestionada; y de una economía que crece menos de lo esperado. Habla de inversionistas que observan con cautela; y de un país que parece discutir permanentemente sus problemas sin terminar de resolverlos.
Lo preocupante es que todo esto ocurre justo cuando México debería estar enviando un mensaje completamente distinto.
Por eso resulta tan preocupante que, mientras el país debería estar afinando detalles para recibir al mundo, buena parte de la conversación nacional gira alrededor de crisis, conflictos y señalamientos.
Durante mucho tiempo se insistió en que la percepción era el problema. Hoy parece que el problema es la realidad. Porque ya no estamos hablando de interpretaciones ideológicas ni de diferencias partidistas. Estamos hablando de hechos que ocurren frente a todos.
Y mientras el mundo se prepara para llegar, la pregunta comienza a ser inevitable, ¿estamos construyendo la casa que recibirá a los invitados o seguimos discutiendo quién tiene la culpa de que las paredes se están agrietando? Porque el reloj avanza. Y el mundo viene en camino.


