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Opinión, Plumas

Entre la ley y la simulación: las prácticas empresariales para evadir utilidades

Rubén Duarte
Rubén Duarte
mayo 4, 2026

En México, el reparto de utilidades —conocido como PTU— es un derecho constitucional de los trabajadores. Sin embargo, en la práctica, este beneficio suele convertirse en un terreno de tensión entre empleados y empleadores, donde la opacidad financiera, la desconfianza y, en algunos casos, prácticas ilegales, marcan la pauta.

El debate no es nuevo, pero sí vigente: ¿por qué empresas que aparentemente crecen, venden y expanden operaciones, reportan no tener utilidades al final del ejercicio fiscal?

La lógica contable… y sus vacíos

De manera formal, el mecanismo es claro: si una empresa no genera utilidades, no está obligada a repartirlas. Bajo esa premisa, existen dos rutas para evitar el pago del PTU: reducir legalmente las ganancias mediante inversiones o, en el peor de los casos, manipular los estados financieros.

La primera opción es legítima. Cuando una empresa reinvierte en activos —como maquinaria, infraestructura o incluso bienes de alto valor— puede disminuir su utilidad fiscal. Esto no es ilegal; forma parte del funcionamiento del sistema tributario.

Sin embargo, el problema surge cuando esa lógica se lleva al extremo o se utiliza como fachada.

Factureras: el delito que distorsiona la realidad

Una de las prácticas más señaladas por especialistas fiscales es el uso de empresas fantasma, conocidas como “factureras”. Estas entidades simulan operaciones para emitir comprobantes fiscales por servicios o productos que en realidad no existen.

El esquema, a grandes rasgos, funciona así:
una empresa adquiere facturas falsas para inflar sus gastos. Esos gastos reducen artificialmente las utilidades reportadas ante la autoridad fiscal. Posteriormente, el dinero puede ser triangulado y regresado al empresario en efectivo o mediante otros mecanismos.

Se trata de un delito federal que no solo implica evasión fiscal, sino también un impacto directo en los trabajadores, quienes ven reducido —o eliminado— su derecho al reparto de utilidades.

La percepción del trabajador

Para muchos empleados, la incongruencia es evidente. Observan crecimiento en ventas, expansión de sucursales o incluso estilos de vida ostentosos por parte de los dueños o directivos, mientras reciben la noticia de que “no hubo utilidades”.

Esta percepción alimenta la sospecha de prácticas indebidas. No obstante, expertos advierten que no siempre la apariencia refleja la realidad financiera de una empresa. Un alto nivel de ventas no necesariamente se traduce en ganancias, especialmente si existen deudas, reinversiones o altos costos operativos.

Aun así, el problema central radica en la falta de transparencia. Cuando no hay claridad en los números, la confianza se rompe.

Entre abusos y generalizaciones

El debate también revela una polarización constante: por un lado, trabajadores que denuncian abusos; por otro, voces que defienden la complejidad de la operación empresarial.

Reducir el problema a “patrones abusivos” o “trabajadores inconformes” simplifica una realidad mucho más compleja. Existen empresas que cumplen con la ley y trabajadores comprometidos, pero también hay casos donde ambas partes incurren en malas prácticas.

Sin embargo, en el caso del PTU, el eje de la discusión recae en la responsabilidad empresarial, ya que es el empleador quien controla la información financiera.

Un problema de fondo: fiscalización y cultura empresarial

La evasión mediante facturación falsa no solo afecta a los trabajadores, sino al sistema fiscal en su conjunto. Reduce la recaudación, fomenta la competencia desleal y debilita el estado de derecho.

Combatir estas prácticas requiere más que sanciones: implica fortalecer la fiscalización, mejorar los mecanismos de transparencia y fomentar una cultura empresarial basada en la legalidad.

Conclusión

El reparto de utilidades debería ser un puente de confianza entre empresa y trabajador. No obstante, cuando surgen prácticas de simulación o falta de claridad, ese puente se convierte en un punto de conflicto.

El reto está en equilibrar la legítima operación empresarial con el respeto a los derechos laborales. Porque al final, más allá de discursos polarizados, la pregunta sigue vigente:

¿las empresas no generan utilidades… o simplemente no las quieren mostrar?

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