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Opinión, Plumas

El vértigo de ser libres

Isra Reyes
Isra Reyes
junio 8, 2026

Confieso que la primera vez que leí a Kierkegaard fue por puro esnobismo universitario. Esa temporada en la que soltar frases como “la angustia es el vértigo de la libertad” en las reuniones y carnes asadas con amigos, para quedar como el culto del grupo. Pero el danés, hay que decirlo, no es para tomarlo a la ligera. Es como subirse a una montaña rusa existencial y darse cuenta de que nadie te va a detener si decides saltar.

¿Y qué es eso de la angustia, esa palabra que muchos traen de moda y a otros asusta? Pues déjame decirte que estamos condenados (sí, condenados, como diría Sartre décadas después) a ser libres. Pero cuidado: no es una libertad de catálogo, de esas que venden los políticos cuando prometen “más y mejores empleos”. No, la libertad de Kierkegaard es esa sensación incómoda que te agarra en la madrugada cuando te das cuenta de que tu vida no viene con manual de instrucciones. Que nadie va a venir a rescatarte, que eres tú, solito, contra el abismo.

Este filósofo danés usaba una imagen que me parece brutalmente precisa: imagínate parado al borde de un precipicio. Sientes miedo de caer, claro. Pero también, en el fondo más oscuro de tu cabeza, especulas con la posibilidad de lanzarte. No porque quieras morir, sino porque la libertad te da esa opción tan absurda como humana: la de hacer justo lo que no debes. Ese vértigo que te agarra las tripas, esa mezcla de pavor y fascinación, eso, señoras y señores, es la angustia.

Y aquí va un golpe de realidad: vivimos en una época que hace todo lo posible por anestesiar esa angustia. Nos llenamos la vida de distracciones (el celular, las series, el trabajo hasta tarde, las redes sociales convertidas en ruido blanco emocional) para no tener que enfrentarnos al silencio donde aparece la pregunta incómoda: ¿qué carajos voy a hacer con mi vida? Los gurús de la autoayuda nos venden la felicidad como un producto enlatado, como si el objetivo fuera no sentir nunca esa incomodidad. Pero Kierkegaard, con una lucidez que duele, nos dice que la angustia no es una enfermedad que haya que curar. Es la condición de estar vivo.

El problema (y aquí va mi opinión) es que hemos confundido bienestar con ausencia de conflictos. Queremos una vida sin riesgos, sin decisiones trascendentales, sin ese vértigo que da elegir. Y entonces delegamos: dejamos que otros decidan por nosotros. Nos refugiamos en opiniones prestadas, en ideologías de manual, en modas existenciales que nos ahorren el trabajo de pensar. Pero eso, no es vivir. Es sobrevivir con el piloto automático activado.

Kierkegaard proponía algo mucho más exigente: atravesar la angustia, no esquivarla. Usarla como una bisagra que nos lleve del “cualquier cosa me da lo mismo” al “esto es lo que quiero, aunque me equivoque”. Porque el error, decía, es preferible a la indiferencia. Al menos el que se equivoca, eligió.

Solo hazlo como ejercicio (sugerencia de una gran amiga): si esta noche, cuando apagues la luz, sientes ese vacío en el estómago, ese cosquilleo que no te deja dormir, no corras a mitigarlo con la pantalla del celular. Ese es Kierkegaard tocando a tu puerta. No lo espantes. Él solo viene a recordarte algo incómodo pero liberador: la libertad no es un regalo, es una tarea. Y la angustia, su compañera de viaje más fiel.

Te quiero, Ana.

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