En México y en el mundo, el discurso de la transición eléctrica parecía irreversible. Autos silenciosos, ciudades menos contaminadas, un futuro verde. Pero el mercado, ese árbitro implacable, ha recordado a las armadoras que la electricidad no es todavía un terreno firme. Los reajustes en costos, la infraestructura insuficiente y la volatilidad de las políticas energéticas han empujado a varias líneas de producción a regresar a la vieja confiable: la gasolina.
No es la primera vez que la modernidad se topa con la realidad. En los años setenta, el petróleo dictaba la agenda; hoy, la promesa eléctrica tropieza con la falta de cargadores, la dependencia de subsidios y la resistencia cultural de millones de consumidores que aún ven en el motor de combustión un símbolo de libertad.
La narrativa oficial suele vender la historia como una línea recta hacia el progreso. Pero la realidad es más bien un zigzag. Lo que hoy se presenta como retroceso, volver a la gasolina, puede ser, en términos prácticos, un ajuste necesario. La industria no vive de ideales, sino de ventas. Y si el consumidor no está listo para el salto eléctrico, las fábricas tampoco pueden sostenerlo.
Aquí aparece la paradoja: el mismo mercado que impulsó la fiebre eléctrica ahora exige moderación. No es un fracaso tecnológico, sino un recordatorio de que la historia avanza con pausas, con contradicciones, con idas y vueltas.
Para nuestro país, este giro tiene un sabor particular. México es tierra de ensambladoras, de autopartes, de cadenas de producción que dependen de decisiones globales. Si las plantas regresan a la gasolina, no es sólo por capricho: es porque la demanda lo pide. Y eso significa empleos, inversión, continuidad.
Pero también implica un reto: ¿cómo equilibrar la necesidad inmediata de mantener la industria con la obligación moral y política de apostar por energías limpias? El dilema no es menor.
Al final, el consumidor mexicano se enfrenta a una disyuntiva menos filosófica y más práctica: ¿prefiere un auto eléctrico caro, con pocas estaciones de carga, o un auto de gasolina más barato y confiable? La respuesta, por ahora, parece clara. La modernidad se aplaza, la tradición se reafirma.
La historia de la energía es la historia de nuestras contradicciones. Queremos progreso, pero exigimos comodidad. Soñamos con ciudades limpias, pero seguimos llenando el tanque. El regreso de las líneas de gasolina no es una derrota, sino un recordatorio: el futuro nunca llega de golpe, siempre se negocia con el presente.




