Hay decisiones políticas que parecen emanadas de principios hasta que llegan las elecciones; ahí es donde la supervivencia electoral les aprieta de tal forma que optan por inclinarse a otros principios. Entonces se convierten en cálculos, encuestas y llamadas telefónicas. Algo así le sucede a la segunda fuerza política en México, el PAN; recordemos que su dirigente nacional, Jorge Romero, anunció el fin de las alianzas con el PRI, pero los liderazgos estatales ahora comienzan a rebelarse porque “competir separados en 2027 puede ser el camino más corto hacia la derrota.”
La contradicción es evidente. El PAN quiere recuperar su identidad, pero también quiere ganar elecciones, recuperar territorios y resulta que ambas cosas no siempre caben en la misma boleta. Esta historia tiene cierta ironía. Durante décadas, Acción Nacional construyó buena parte de su razón de ser enfrentando al PRI. Era el partido opositor, el que hablaba de ciudadanía, democracia, instituciones y alternancia. Después vino el pragmatismo: el PAN, el PRI y el difunto PRD se sentaron y se abrazaron para intentar contener a Andrés Manuel López Obrador con su partido de reciente creación: Morena. La explicación era que había que sumar fuerzas para defender los contrapesos democráticos.
El problema es que, cuando un partido se alía con aquello que durante décadas presentó como su adversario histórico, tiene que explicar muy bien por qué lo hace. Y si no lo explica, el ciudadano termina entendiendo algo bastante sencillo y es eso de que quizá las diferencias no eran tan grandes cuando había candidaturas de por medio. Spoiler: m}nunca lo fueron.
Ahora el PAN quiere regresar a sus orígenes. Suena bien. El problema es que los orígenes no se recuperan cambiando logotipos ni pronunciando discursos sobre ciudadanía y democracia. Se recuperan reconstruyendo la confianza que han perdido desde Vicente Fox. Coahuila debería ser una llamada de atención. En la elección de 2026, el PAN obtuvo apenas 2.1% de los votos para el Congreso local, perdió su registro estatal y quedó sin representación legislativa.
El dato es un balde de agua fría, pero tiene una enseñanza: una alianza puede darle votos a un partido, pero también puede ocultar durante un tiempo su debilidad. Cuando la alianza desaparece, llega la hora de saber cuántos votos eran realmente tuyos. Por eso la rebelión interna del PAN merece algo más que una lectura electoral. Los dirigentes que piden regresar con el PRI quizá tengan razón en una cosa, que separados es muy seguro que pierdan las elecciones. Pero la pregunta importante sería: ¿juntos para qué? ¿Será un salvavidas temporal en lo que Morena se debilita por sí sola? ¿Habrá una intención de que, a través de esta alianza, se forme un súper partido que pudiera darle guerra a Morena para las siguientes presidenciales?
Porque una alianza cuyo único programa sea “hay que derrotar a Morena” no constituye un proyecto político. Es apenas una coalición defensiva. Y ningún país puede vivir eternamente de votar contra alguien. El PAN necesita explicar qué quiere ser y hacer. ¿Un partido de derecha moderna? ¿Una fuerza de clases medias? ¿Un partido ciudadano? ¿Un proyecto liberal-conservador? ¿O simplemente el socio electoral que necesita al PRI para sobrevivir?
Y el PRI, por su parte, debería preguntarse qué puede ofrecer además de estructura territorial y memoria electoral. Las alianzas no son malas, la política democrática exige acuerdos. El problema aparece cuando el acuerdo sustituye a las ideas.
Jorge Romero tiene razón al pedir que Acción Nacional recupere identidad. Sus críticos tienen razón al advertir que una identidad sin votos puede convertirse en una hermosa pieza de museo. Ahí está la bronca. El PAN no necesita escoger entre principios y pragmatismo. Necesita demostrar que puede tener principios y ser competitivo. Porque si para ganar necesita esconder sus diferencias, quizá gane alguna elección. Pero si para ganar tiene que dejar de explicar por qué existe, habrá conseguido algo mucho más parecido a una derrota.



