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Opinión, Plumas

El miedo a una generación que ya despertó

Fernando Urbano
Fernando Urbano
noviembre 24, 2025

La marcha de hace unos días no necesita una explicación especial para entender su dimensión. No hizo falta un lema oficial, ni una estructura partidista, ni la usual operación política que tanto domina el oficialismo. Bastó la voluntad de miles, especialmente jóvenes, para recordarle al poder algo que éste había dejado de ver, la generación Z no es apática.

Lo verdaderamente sorprendente no fue la marcha en sí, sino la reacción del gobierno. La presidenta, su equipo y la maquinaria de Morena dedicaron prácticamente toda la semana a descalificar, minimizar y ridiculizar a quienes salieron a las calles. Señalaron que no fue trascendente, que no tuvo impacto, que no movió nada. Pero el problema es este, cuando algo verdaderamente es irrelevante, nadie invierte tanta energía en demostrarlo. Y ese desgaste del oficialismo dice más que la marcha misma.

En política, el ruido del poder casi siempre revela su miedo. Durante años, Morena ha intentado monopolizar la narrativa de “lo popular”, convencidos de que la juventud les pertenece por inercia, por simpatía o por descarte. Pero la Z no responde a esos incentivos, no los mueve la lealtad partidista. Les incomoda la solemnidad vacía, la imposición disfrazada de moral y la exigencia de obediencia a un proyecto que no sienten propio. Y eso, justo eso, los vuelve “menos controlables”.

El oficialismo no tolera lo que no controla. Por eso dedicaron días enteros a desacreditar la marcha. Fue un esfuerzo desesperado por imponer una idea, “si nosotros decimos que no pasó nada, entonces no pasó nada”. Pero el país ya no funciona así. Las redes no funcionan así. Las nuevas generaciones, mucho menos.

El gobierno perdió la brújula cuando creyó que la participación ciudadana solo vale si sostiene su narrativa. Se equivocan. La gente salió porque está cansada de la soberbia, del desprecio y de la forma en que se ha construido un gobierno que exige aplausos automáticos. Y el impacto no se mide únicamente en el número de asistentes, sino en la incomodidad que provocó.

Durante la semana se vio claro, algo se movió, algo que el poder no esperaba y que no logra digerir. La Z dejó de ser espectadora y se volvió actor político. No porque lo pida un partido, sino porque entendió que su ausencia también tiene consecuencias. Cuando una generación que se decía apática decide caminar, gritar y hacerse visible, el sistema entero se sacude.

El gobierno puede insistir en que no pasó nada. Puede repetirlo en conferencias, en redes y en columnas afines. Pero la insistencia excesiva revela lo contrario, sí pasó.

Pasó algo lo suficientemente grande como para desbalancearlos. Lo suficiente como para obligarlos a explicar lo “inexplicable”, la pérdida del monopolio del entusiasmo político.

La generación Z, con su irreverencia natural, con su lenguaje directo y su resistencia a la manipulación emocional, logró algo que ni la oposición formal había conseguido, poner nervioso al poder. Y ese nervio es apenas el comienzo. Porque cuando los jóvenes entienden que su voz pesa, no vuelven a guardarla.

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