07 de marzo de 2026 | USD: 17.79 MXN |
Saltillo: 14 °C
Publicidad
Opinión, Plumas

El Maximato

Isra Reyes
Isra Reyes
diciembre 8, 2025

La historia de México, en su tránsito convulso del caudillismo a la institución, tiene un periodo extraño, una suerte de interregno donde el poder tenía dos caras: una visible, oficial, y otra real, que operaba desde las sombras. Le llamamos el Maximato (1928-1934), y su arquitecto fue Plutarco Elías Calles, el “Jefe Máximo de la Revolución”. Tras su presidencia formal, Calles no se fue al exilio ni al retiro. Desde su mansión en Anzures, convertida en corte y cuartel, tejió una red de lealtades, miedo y control que dominó los sexenios de tres presidentes títeres: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. Fue el primer gran experimento de un poder meta-presidencial, una lección maquiavélica de cómo gobernar sin ocupar la silla.

Este sistema nació de la crisis. El asesinato de Álvaro Obregón, el hombre fuerte que esperaba su reelección, dejó un vacío de poder que Calles, con astucia férrea, supo llenar. Declaró “muertos los caudillos, viva la institución” en su famoso informe de 1928, pero en la práctica, él se erigió como el caudillo único, el árbitro supremo. Creó el Partido Nacional Revolucionario (PNR), el abuelo del PRI, no como un instrumento democrático, sino como la “gran liga” para centralizar y disciplinar las fuerzas revolucionarias dispersas. El partido no servía al pueblo; servía a Calles.

El Maximato fue una época de contradicciones brutales. Por un lado, se consolidaron algunas de las políticas más transformadoras y laicas del país, como la educación socialista y el firme control del Estado sobre la Iglesia, heredado de la Guerra Cristera. Pero por el otro, fue un régimen de corrupción sistémica, de enriquecimiento obsceno de la camarilla callista (los “árboles podridos”), y de una represión política sorda y eficaz. Ortiz Rubio, el presidente fantasma, llegó a renunciar con famosas lágrimas de frustración, diciendo que no era sino “un empleado de Calles”. El poder real no estaba en Palacio Nacional, sino en la casa particular del Jefe Máximo, donde se repartían concesiones, se designaban gobernadores y se decidía el destino de la nación en cenas y sobremesas.

El periodo terminó, irónicamente, con la elección del hombre que Calles creyó poder controlar: Lázaro Cárdenas. Pero Cárdenas, con un genio político igual de fuerte, pero con un proyecto popular más auténtico, comprendió que para gobernar tenía que matar al padre. En 1935, tras un calculado distanciamiento, apoyó una gran huelga obrera contra los intereses callistas y, en 1936, tomó la decisión histórica: expulsó a Calles del país. El Maximato había sido, al fin, decapitado. Cárdenas no solo acabó con el hombre; enterró el sistema, recentralizando todo el poder en la figura presidencial y dándole al PNR (luego PRM) un rumbo corporativista, pero bajo su mando único.

¿Qué nos dice hoy el Maximato? Es un eco que nos recuerda a este nuevo régimen, Morena llegó con un líder más que político, moral. Su vigencia no ha sido fruto de la casualidad y su reaparición levanta sospechas para propios y extraños. Aunque el expresidente haya mencionado su nuevo libro y sus intenciones, tanto el, como los suyos y la misma oposición saben que esa “pequeña revoloteada de mariposa” pudiera generar huracanes. Nos muestra la tentación perpetua en nuestra política: la de crear poder tras el trono, gobiernos paralelos, liderazgos vitalicios que se resisten a la alternancia. Es la historia de lo que sucede cuando un hombre confunde su proyecto personal con el destino nacional y, al terminar su mandato, se niega a soltar los hilos. Calles creyó que podía ser el gran elector perpetuo, el cerebro detrás de una serie de presidentes decorativos.

Publicidad
Publicidad
Publicidad

Comentarios

Notas de Interés

Opinión, Pluma Invitada