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Opinión, Plumas

El lobo de Dios

Isra Reyes
Isra Reyes
agosto 25, 2025

Amarillos son los archivos que aún hojeamos con miedo, dolor y silencio. La historia de Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo, parecía condenada al olvido y al olimpo sagrado. Pero 80 años después, la penumbra se rasgó por una rendija. El documental Marcial Maciel: el lobo de Dios (que se estrenó este 14 de agosto) impone sobre las fachadas lo que muchos sabíamos en voz baja: abusó de por lo menos 60 menores, drogó a disidentes, plagió textos y tejió un imperio educativo-mil millonarios por valor estimado en 25 000 millones de dólares.

Lo que sorprende no es solo la audacia del relato, sino el pacto de encubrimiento que documenta: respaldos vaticanos desde Juan Pablo II, protección política con apellidos como Slim, Servitje o Azcárraga, junto con liderazgos clericales como Norberto Rivera; una maquinaría de poder que elevaba al criminal mientras aplastaba a las víctimas.

Y ahí están, en pantalla, los ocho valientes exlegionarios que, en 1997, se atrevieron a romper el silencio televisivo. Las cámaras de CNI-Canal 40 fueron su plataforma, y enfrentaron el boicot, amenazas y el desprecio mediático. Eran hombres ya de sesenta años, hablando de delitos cometidos cuando eran apenas adolescentes. Si el MeToo fue difícil, haz de cuenta que estos lo vivieron sin memes, sin redes sociales, solo con valor y miedo.

Hoy, con ojos despiertos de #MeToo, es indispensable entender que no hubo justicia para Maciel. Falleció en 2008 sin responder ante juez alguno. Su retiro «penitencial» orquestado por Benedicto XVI fue más simbólico que judicial. La Legión llegó a reconocer casos (175 señalados, 60 solo de su fundador), pero aun rastros de responsabilidad real quedan pendientes.

Este documental, entonces, no es un reestreno mediático. Es un acto de memoria histórica. En un país donde el poder religioso y económico suele imponerse sobre la verdad, narrar lo ocurrido con rigor y fuerza es un acto de justicia en sí. Se abre el debate: ¿será posible, como pide José Barba, líder moral de los “8 magníficos”, un Juicio de Núremberg para la Legión y sus cómplices? 

La desesperanza, a veces, se cura contando. Que lo oscurecido por décadas vea la luz es más que catarsis; es una exigencia de dignidad. Y si el poder insiste en el silencio, la sociedad debe recordarle —una y otra vez— que la luz del coraje siempre es más fuerte que la sombra del encubrimiento.

El verdadero examen no está en los papeles que desempolven, sino en el coraje de la Iglesia para mirarse al espejo y admitir que durante ochenta años fue cóplice, por acción u omisión, de una de las mayores vilezas de su historia moderna. La luz que arrojen debe ser la antorcha que queme para siempre la cultura del encubrimiento. O será sólo otro acto de teatro, una luz de escenario que se apagará, dejando la misma oscuridad de siempre.

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