Cada cuatro años ocurre un fenómeno curioso. Durante noventa minutos desaparecen, al menos parcialmente, las diferencias políticas, ideológicas o sociales. El comerciante, el estudiante, el empresario, el obrero y el servidor público terminan haciendo exactamente lo mismo, ver un partido, celebrar un gol, lamentar una derrota o ilusionarse con el siguiente encuentro.
El fútbol nunca ha resuelto los problemas. Pero sí ha servido para recordar que, antes que gobernantes o gobernados, existe una comunidad que comparte símbolos, emociones y momentos de identidad colectiva.
Quizá por eso resulta inevitable observar el contraste que hoy proyecta el poder.
Durante otros Mundiales era común ver al presidente de la República siguiendo los partidos acompañados por su familia, integrantes de su gabinete o colaboradores cercanos. Más allá de las diferencias políticas que cada administración pudiera generar, aquellas escenas transmitían la imagen de un gobierno que, por un momento, dejaba de lado la solemnidad para vivir una emoción compartida por millones de mexicanos. No era un acto oficial ni una estrategia de comunicación. Era simplemente normalidad.
Las imágenes recientes muestran una escena distinta. La presidenta ha sido captada observando los encuentros desde un salón de Palacio Nacional, acompañada únicamente por su esposo. No hay nada incorrecto en ello. Cada titular del Ejecutivo decide cómo vivir esos espacios personales. Sin embargo, la comunicación política no sólo depende de lo que se hace, sino también de lo que se proyecta. En este caso, la imagen transmite una presidencia más aislada y más distante de ese ambiente colectivo que históricamente acompañaba al Mundial.
Quizá la diferencia no esté en el fútbol. Quizá esté en la manera en que el poder decide relacionarse con los símbolos cotidianos de la sociedad.
Tal vez por eso muchos ciudadanos perciben una distancia creciente con quienes encabezan el gobierno. Mientras millones de personas organizan reuniones familiares para ver los partidos, comentan las jugadas en el trabajo o hacen una pausa en sus actividades para seguir el torneo, la imagen institucional parece permanecer ajena a ese ánimo colectivo. No es un asunto deportivo. Es un asunto de conexión.
La política contemporánea parece vivir instalada en un estado permanente de solemnidad. Todo parece responder a una estrategia, a una narrativa o a una agenda previamente diseñada. Cada aparición pública transmite la sensación de estar cuidadosamente calculada. Y cuando eso ocurre, la espontaneidad comienza a desaparecer.
Quizá por eso las imágenes adquieren tanta relevancia. Porque, en ocasiones, una fotografía comunica más que un discurso completo. Una escena cotidiana puede acercar o alejar a un gobierno de la percepción ciudadana sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
No se trata de pedir que un presidente celebre un gol frente a las cámaras ni de convertir un Mundial en propaganda institucional. Se trata de reconocer que existen momentos capaces de unir al país por encima de la política, y que la forma en que el poder decide participar, o mantenerse al margen, también envía mensajes.
Los gobiernos no sólo administran presupuestos o políticas públicas; también administran símbolos. Y, en ocasiones, una fotografía termina diciendo mucho más que un discurso de una hora.
Al final, un Mundial dura apenas unas semanas. La política continúa mucho después del último silbatazo. Sin embargo, estos momentos dejan una enseñanza interesante, un gobierno puede, no es el caso, ser eficaz en muchas áreas y, al mismo tiempo, proyectar la sensación de haberse alejado emocionalmente de la sociedad que representa.
Porque ejercer el poder también implica comprender que, de vez en cuando, un país necesita ver a sus gobernantes compartiendo las mismas alegrías sencillas que vive cualquier ciudadano. No para resolver los problemas nacionales, sino para recordar que, antes de los cargos públicos, todos forman parte de la misma historia, de los mismos símbolos y de la misma emoción cuando un balón comienza a rodar.


