En México, el futuro siempre ha sido un territorio ajeno. Lo imaginamos con acento extranjero, diseñado en Silicon Valley o en laboratorios de Alemania. Mientras, aquí abajo, nos aferramos a un pasado que a veces pesa más que un muro de tezontle. Pero algo está cambiando. El futuro ya no es esa promesa lejana: llegó sin pedir permiso y se instaló en nuestra vida cotidiana.
Basta mirar alrededor. En Oaxaca, una artesana mixe vende sus textiles en Londres gracias a un celular que se carga con energía solar. En Jalisco, programadores más jóvenes que el Tratado de Libre Comercio crean aplicaciones que compiten con las grandes tecnológicas. En hospitales rurales de Puebla, médicos usan inteligencia artificial para diagnosticar enfermedades que antes requerían viajar a la capital. El futuro no llegó primero a Polanco o San Pedro: llegó por la puerta de atrás, a las comunidades donde la banda ancha era más mito que realidad.
Pero hay otra cara de la moneda. El mismo país que produce ingenieros brillantes en las universidades públicas y el Tec de Monterrey sigue teniendo calles sin pavimentar y aulas sin internet. Esta dualidad nos define: somos una nación que puede mandar un robot a Marte mientras en la tiendita de la esquina todavía anota las deudas en una libreta de papel. ¿Es esto una contradicción? Más bien es nuestra realidad compleja, nuestro «futuro a medias».
Los datos duelen: según la OCDE, el 45% de los trabajos en México tienen alto riesgo de automatización. El chofer, el cajero, el obrero de maquiladora —esos millones de mexicanos que han sostenido al país con su esfuerzo cotidiano— ven cómo las máquinas amenazan su sustento. Pero en lugar de temerle al cambio, deberíamos preguntarnos: ¿y si en lugar de víctimas nos convertimos en arquitectos de esta transformación?
La respuesta no está en copiar modelos extranjeros, sino en encontrar nuestro propio camino. Tenemos una ventaja que otros envidian: nuestra capacidad para arreglárnoslas con lo que hay, esa creatividad que llamamos «sacarle provecho». El mexicano sabe improvisar soluciones donde otros solo ven problemas. Ese ingenio, aplicado a los desafíos del siglo XXI, puede ser nuestro mayor recurso.
El verdadero reto no es tecnológico, sino humano. ¿Cómo preparamos a nuestros jóvenes para trabajos que no existen? ¿Cómo garantizamos que la riqueza generada por la innovación no se quede en unos cuantos? ¿Cómo construimos un futuro que incluya al campesino de Michoacán y al científico de la UNAM?
La historia mexicana está llena de momentos en que supimos reinventarnos. Del colapso del mundo prehispánico al México colonial, de la Revolución al México moderno. Cada vez, encontramos la manera de salir adelante con esa mezcla peculiar de resiliencia y humor que nos caracteriza.
El futuro no es algo que nos va a pasar. Es algo que estamos construyendo día a día, en las universidades, en los talleres, en los campos, en los startups. No necesitamos permiso de nadie para diseñarlo a nuestra medida. Como decía aquel lema zapatista que resuena con fuerza en la era digital: «Queremos un mundo donde quepan muchos mundos». Nuestra tarea es asegurar que en el futuro que viene, quepa todo México.




