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Opinión, Plumas

El enemigo perfecto

Fernando Urbano
Fernando Urbano
octubre 12, 2026

La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido durante meses en que México debe cooperar con Estados Unidos sin subordinación y que la soberanía “no se negocia”. Cualquier gobierno mexicano tiene la obligación de proteger la autonomía nacional. El problema comienza cuando una política exterior razonable se convierte en mercancía electoral. 

Y ahí Morena parece haber encontrado material para 2027. No es difícil imaginar el argumento porque, en realidad, ya está circulando, ellos quieren intervenir; nosotros defendemos a México. Ellos amenazan la soberanía; nosotros somos la barrera. Ellos representan el extranjero; nosotros, la patria. 

Práctico. Sobre todo, porque transforma cualquier crítica proveniente de Estados Unidos en una oportunidad política interna. Si Washington cuestiona seguridad, cooperación o narcotráfico, la discusión puede dejar de ser sobre el fondo y convertirse en una defensa nacional frente al “injerencismo”.

Venezuela conoce perfectamente esa receta. La confrontación con el “imperialismo yanqui” dejó de ser solamente una posición de política exterior y se convirtió en parte constante del discurso interno. Estados Unidos funcionaba como adversario real, pero también como explicación conveniente, frente a las dificultades, el imperio; frente a la crítica, la conspiración; frente a la oposición, la sospecha de servir intereses extranjeros. 

México no es Venezuela y sería intelectualmente deshonesto fingir que ambas realidades son idénticas. Pero los recursos retóricos sí pueden compararse. Construir un enemigo externo tiene una ventaja extraordinaria, obliga a todos a escoger bando.

Ya no se discute si una política funciona, si una investigación merece respuestas o si un funcionario debe rendir cuentas. La pregunta cambia, ¿estás con México o con quienes quieren intervenirlo? Listo. El debate dejó de ser administrativo, jurídico o político. Se volvió patriótico. Ahí está el riesgo.

Porque defender la soberanía es obligación del Estado, no propiedad de un partido. Ninguna fuerza política puede apropiarse de la bandera nacional y repartir certificados de patriotismo según la afiliación electoral.

México debe rechazar cualquier intervención extranjera indebida. También debe cooperar con Estados Unidos en seguridad, comercio, migración y combate al crimen. La relación bilateral es demasiado profunda para reducirla a consignas.

Una cosa no cancela la otra. Pero electoralmente la complejidad estorba. Es mucho más sencillo decir que existe una amenaza y presentarse como el único muro capaz de detenerla.

Morena llegará a 2027 con disputas internas, señalamientos sobre figuras relevantes y gobiernos sometidos a desgaste. Una narrativa de defensa nacional permite cambiar el terreno de conversación, de lo que ocurre dentro hacia lo que supuestamente amenaza desde fuera. 

No sería la primera vez que un movimiento político descubre la utilidad de un enemigo extranjero. El chavismo convirtió al imperialismo en personaje permanente de su historia. Morena todavía no necesita llegar tan lejos. Le basta con que, cada vez que algo incomode, alguien pueda señalar hacia el norte. Y decir que la patria está en peligro.

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