En política, hay dos formas de ejercer el poder, una, desde la construcción institucional; otra, desde la manipulación del caos.
El oficialismo en México, ha optado cada vez más por lo segundo. Cuando el orden se tambalea, cuando la realidad los alcanza, cuando los errores se vuelven imposibles de esconder, la respuesta no es asumir responsabilidades, sino alterar el tablero.
En los últimos años, el gobierno ha hecho del caos una herramienta funcional, un mecanismo para desviar la atención, dividir a la opinión pública y reposicionar su narrativa.
Así como Frank Underwood, en House of Cards, hablaba del poder de “agitar el agua para que nadie vea el fondo”, el morenismo ha aprendido que la confusión pública también es una forma de control.
Cada vez que la autoridad enfrenta cuestionamientos, surge una nueva cortina de humo, un conflicto fabricado, un enemigo repentino, una acusación estratégica.
Las crisis dejan de ser accidentes políticos para convertirse en reacciones deliberadas, donde el ruido sustituye a la rendición de cuentas. En lugar de corregir, se sacude el escenario; en lugar de responder, se distrae.
Desde la sociología del poder, esto responde a un principio claro, cuando se pierde autoridad moral, se busca imponer dominancia simbólica. La polarización no es consecuencia del desgaste del gobierno, es su combustible. Dividir es gobernar cuando ya no se puede convencer.
Desde la psicología social, la estrategia es igual de precisa, la ciudadanía, expuesta a la tensión constante, busca refugio en la figura que promete estabilidad, incluso si fue quien provocó la crisis. El caos genera ansiedad colectiva, y el poder, entonces, se convierte en el “remedio” de la enfermedad que él mismo desató.
Lo grave es que esta táctica no se queda en el discurso, erosiona las instituciones, debilita la confianza social y normaliza la manipulación como método de gobierno. La incertidumbre se vuelve herramienta política, y la mentira, un acto administrativo.
Mientras tanto, la gente se acostumbra a vivir en una realidad donde todo parece incierto, menos el poder de quien provoca el ruido.
En términos políticos, Morena ha convertido la coyuntura en estrategia. Cada escándalo se administra; cada error, se disfraza de conspiración; cada fractura, se traduce en un enemigo externo. Así se sostiene un relato autorreferencial que no resiste el contraste con los datos, pero sí sobrevive gracias a la saturación emocional.
Y lo más preocupante, en ese caos planificado, la ciudadanía termina agotada, no convencida.
El oficialismo presume control, pero lo hace a costa de algo más profundo, la estabilidad emocional y democrática del país.
Porque gobernar no es desordenar para controlar, ni incendiar para salir como héroe del incendio. Gobernar, en el sentido más noble, es ofrecer certeza, construir confianza y fortalecer instituciones, no debilitarlas para justificar el poder absoluto.
Hoy, México no necesita más confusión. Necesita verdad, equilibrio y liderazgo responsable.
Porque el verdadero estadista no crea caos para controlar al pueblo, crea orden para liberarlo del miedo.




