Héctor Rivera Sylva
Cuando pensamos en los fósiles del desierto del Gobi, en Mongolia, es casi automático imaginar huesos de dinosaurios gigantes emergiendo de la arena. Sin embargo, entre ese mar de hallazgos espectaculares, hay un grupo que ha permanecido esquivo: los pterosaurios, esos reptiles voladores que compartieron el cielo con los dinosaurios.
Un equipo de paleontólogos de China y Japón acaba de cambiar ese panorama. En un estudio publicado recientemente en la revista PeerJ, describen dos nuevas especies de pterosaurios azdárquidos provenientes de la Formación Bayanshiree (Cretácico Superior, Turoniense–Santoniense), rescatadas de colecciones que habían permanecido sin estudiar en detalle desde 2009. Estos fósiles, hallados originalmente por la Expedición Paleontológica Conjunta Japón–Mongolia, provienen de dos localidades distintas: Burkhant y Bayshin Tsav.
Hasta ahora, los escasos restos de pterosaurios del Gobi habían sido clasificados como azdárquidos indeterminados. Pero el nuevo estudio aplicó criterios actualizados sobre la diversidad morfológica de las vértebras cervicales azdárquidas, un rasgo clave para identificar a estos animales.
El resultado fue sorprendente: los investigadores identificaron suficientes características únicas para reconocer dos nuevas especies, lo que duplica instantáneamente la diversidad conocida de pterosaurios en Mongolia.
La primera especie, Gobiazhdarcho tsogtbaatari, procede de Burkhant y representa un azdárquido de tamaño mediano, con una envergadura de 3 a 3.5 metros. Según el análisis filogenético, pertenece a un linaje basal relacionado con gigantes posteriores como Quetzalcoatlus y Arambourgiania.
Esto sugiere que los ancestros de los enormes azdárquidos del final del Cretácico ya estaban presentes en Asia millones de años antes, planeando sobre los ecosistemas del Gobi.
La segunda especie, Tsogtopteryx mongoliensis, proviene de Bayshin Tsav y resultó ser inusualmente pequeña para un azdárquido, con una envergadura estimada de menos de 2 metros.
Sorprendentemente, su posición filogenética lo sitúa como un miembro basal del linaje que incluye a Hatzegopteryx, uno de los azdárquidos más grandes conocidos. Esta combinación de pequeño tamaño y afinidad con un grupo de gigantes aporta pistas sobre cómo pudo haberse originado la diversidad extrema de tamaños dentro de esta familia.
Uno de los aspectos más llamativos del hallazgo es que ambas especies provienen de la misma unidad geológica, la Formación Bayanshiree, lo que implica que convivieron en el mismo ambiente hace unos 85 millones de años.
Este patrón de coexistencia de múltiples especies de azdárquidos de distintos tamaños se ha observado en otros yacimientos del mundo, y ahora también aparece en Mongolia, reforzando la idea de que estos reptiles voladores ocupaban nichos ecológicos diferenciados, evitando competir entre sí por los mismos recursos.
El descubrimiento de Gobiazhdarcho y Tsogtopteryx demuestra que, aunque sus fósiles sean raros, los pterosaurios fueron una parte importante de los ecosistemas del Cretácico en el Gobi, además de que amplían nuestro conocimiento sobre la diversidad y evolución de los azdárquidos.



