Hay frases que, por su contundencia, desnudan realidades que el discurso oficial intenta ocultar. Hace unos dìas ocurrió una de esas confesiones involuntarias. El coordinador de los legisladores del Partido del Trabajo en la Cámara de Diputados, Reginaldo Sandoval, afirmó sin rodeos, “nosotros estamos ahorita en el poder, tenemos el Poder Ejecutivo, tenemos el Poder Legislativo, ganamos por la vía de elección el Poder Judicial…”.
La gravedad de la declaración no radica en que revele algo desconocido. Desde hace tiempo es evidente el proceso de captura institucional que vive el país. Lo verdaderamente alarmante es que la afirmación provenga de uno de los aliados del oficialismo, justo cuando se discuten reformas que, bajo el argumento de “democratizar”, buscan concentrar aún más el control del Estado.
La narrativa oficialista ha insistido en que los poderes son autónomos, que no existe subordinación ni interferencia, y que cualquier señalamiento en sentido contrario es una exageración de la oposición. Sin embargo, cuando uno de los propios coordinadores parlamentarios reconoce públicamente que el poder se ejerce de manera integral desde la coalición gobernante, la retórica se derrumba por su propio peso.
El comentario de Sandoval no fue un error aislado ni una frase mal contextualizada. Fue una expresión franca de cómo conciben el ejercicio del poder quienes hoy toman decisiones. En su lógica, la concentración no es un problema; es una conquista. La independencia de poderes deja de ser un principio democrático y se convierte en un obstáculo que debe ser superado.
Este tipo de declaraciones suelen aparecer cuando los aliados del oficialismo se sienten incómodos o presionados. La discusión sobre la reforma electoral ha generado tensiones internas, y es precisamente en esos momentos cuando afloran verdades que normalmente se mantienen en silencio. Sin proponérselo, el PT terminó exhibiendo lo que el discurso presidencial niega todos los días.
Que un partido aliado celebre el control del Ejecutivo y el Legislativo ya es preocupante. Que además asuma como victoria la captura del Poder Judicial es, simplemente, incompatible con cualquier noción de democracia constitucional. No se trata de un debate semántico ni de una diferencia ideológica menor. Se trata del reconocimiento explícito de que los contrapesos han sido debilitados deliberadamente.
La paradoja es evidente, mientras el oficialismo insiste en que las reformas buscan fortalecer la democracia, sus propios cuadros reconocen que el objetivo real es asegurar el dominio político de largo plazo. No hablan de equilibrio, hablan de control. No hablan de autonomía, hablan de poder.
Las palabras de Sandoval son una señal de alerta. Cuando el poder se siente lo suficientemente seguro como para confesarse en voz alta, el riesgo para las instituciones deja de ser hipotético y se vuelve tangible.
En política, a veces la verdad no se filtra por la oposición, sino por la imprudencia de los aliados. Y cuando eso ocurre, conviene escuchar con atención, porque lo que dicen revela exactamente el proyecto que se está construyendo, un Estado donde el poder se concentra.
Aceptar sin cuestionamiento que un solo bloque controle los tres poderes es renunciar a la idea de límite, de legalidad y de rendición de cuentas. Por eso, más allá de partidos y coyunturas, este tipo de afirmaciones deberían preocupar a cualquier ciudadano que entienda que el poder, sin frenos, siempre termina abusando de sí mismo.
Lo que hoy se dice sin pudor, mañana se ejercerá sin disimular. Esa es la ruta que debe detenerse antes de que sea irreversible. Hoy todavía estamos a tiempo. Atención.




