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Opinión, Plumas

Crisis de modelo, no de bloqueo

Fernando Urbano
Fernando Urbano
marzo 23, 2026

Durante décadas, la explicación ha sido la misma. Cuba no avanza porque está bloqueada. Cuba no crece porque está aislada. Cuba no prospera porque el enemigo está afuera. Y durante décadas, esa narrativa funcionó. Fue útil, rentable y, sobre todo, políticamente conveniente.

El problema es que el mundo cambióy la explicación no. Hoy Cuba mantiene relaciones comerciales con China, con Rusia, con países europeos, y con América Latina. Intercambia bienes, recibe inversión limitada, abre sectores al turismo y participa, aunque de manera restringida, en la dinámica global. Y aun así, la crisis es cada vez más profunda. Escasez de alimentos, apagones constantes, falta de medicamentos, colapso en servicios básicos y una migración histórica que no se puede ocultar ni justificar con discursos.

Entonces la pregunta deja de ser ideológica y se vuelve incómodamente lógica, si el problema fuera únicamente el bloqueo, ¿por qué la realidad no mejora aun cuando el mundo sí se ha abierto para Cuba?. La respuesta no está afuera. Está dentro.

El modelo cubano no colapsó por falta de solidaridad internacional. Colapsa por sus propias decisiones, por un sistema económico centralizado que asfixia, por un control estatal que inhibe la productividad y por una estructura política que no tolera corrección ni contraste.

Durante años, el régimen encontró una fórmula eficaz, construir un enemigo externo permanente y, al mismo tiempo, limitar el acceso de la población a cualquier referencia distinta. Porque cuando una sociedad no puede comparar, no puede cuestionar. Y cuando no puede cuestionar, puede seguir creyendo.

Pero ese control ya no es absoluto.

Hoy millones de cubanos han salido de la isla. Han visto otras economías, otras realidades, otras formas de vivir. Han comprobado algo que ningún discurso puede contener por mucho tiempo, que el mundo es más amplio, más dinámico y más funcional de lo que les dijeron.

Y que la escasez no es destino. Y que la precariedad no es inevitable. Y que la libertad no es una consigna, sino una condición. Ahí es donde la narrativa empieza a fracturarse. Porque el problema de fondo ya no es sólo económico. Es político, pero sobre todo es narrativo.

Cada vez es más difícil sostener el discurso revolucionario cuando la vida cotidiana lo contradice. Cada vez es más complejo justificar “el atraso” cuando existen comparaciones directas. Y cada vez es más evidente que el modelo no se mantiene por sus resultados, sino por su control.

La revolución dejó de ser una promesa hace tiempo. Hoy funciona más como argumento. Y ahí está el verdadero punto de quiebre. No, el régimen cubano no va a caer de un día para otro. No se derrumban así las estructuras que llevan décadas perfeccionando mecanismos de control. Pero sí está perdiendo algo mucho más importante que el control inmediato, está perdiendo la capacidad de convencer.

Y cuando un sistema deja de convencer, empieza a depender exclusivamente de la inercia, del miedo o de la resignación. Ninguno de esos tres elementos es sostenible en el largo plazo. Porque tarde o temprano, incluso en los sistemas más cerrados, ocurre lo inevitable, la gente deja de creer.

Y cuando eso pasa, la revolución, cualquiera que sea, deja de ser proyecto… y empieza a convertirse en pasado.

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