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Opinión, Pluma Invitada

Censura

Jaime Contreras
Jaime Contreras
febrero 23, 2026

La censura, en su esencia, representa el control o supresión de la comunicación, ya sea impresa, hablada, o visual, que se considera objetable, peligrosa, indecente o inconveniente por parte de una autoridad. Este acto, perpetuado a lo largo de la historia por regímenes políticos, instituciones religiosas o incluso fuerzas sociales dominantes, se justifica frecuentemente bajo el pretexto de mantener el orden público, proteger la moralidad o salvaguardar la seguridad nacional. Sin embargo, la práctica de la censura suscita un debate fundamental en las sociedades democráticas sobre el equilibrio entre la libertad de expresión y la necesidad de regulación social. Analizar la censura requiere examinar sus diversas formas, sus motivaciones históricas y contemporáneas, y su impacto corrosivo en el desarrollo intelectual y cívico de una nación.

La censura no es un fenómeno monolítico; adopta múltiples rostros, desde la prohibición explícita hasta formas más sutiles de control. Históricamente, el Índice de Libros Prohibidos del Vaticano sirvió como un poderoso instrumento de censura religiosa y política durante siglos, dictando qué textos eran accesibles a los fieles. En el ámbito político, los estados autoritarios utilizan mecanismos directos como la prohibición de periódicos, la censura previa a la publicación (el licensing system), o el bloqueo sistemático de contenido en internet, como se observa notoriamente en el Gran Cortafuegos de China.

Más allá de la prohibición frontal, existe la autocensura. Este fenómeno ocurre cuando individuos o medios de comunicación restringen voluntariamente su producción por temor a represalias, ya sean legales, económicas o sociales. La autocensura es quizás la forma más insidiosa de control, ya que internaliza la vigilancia, llevando a la sociedad a desinfectar su propio discurso antes de que se emita. En la era digital, la censura se ha complicado con la aparición de algoritmos de moderación de contenido en plataformas sociales, que, aunque buscan combatir la desinformación o el discurso de odio, pueden derivar en sesgos algorítmicos que silencian voces minoritarias o disidentes.

El argumento central contra la censura se fundamenta en el principio liberal de la libertad de expresión, considerado esencial para la búsqueda de la verdad y la rendición de cuentas del poder. John Stuart Mill, en Sobre la Libertad, argumentó que incluso una opinión errónea debe permitirse, ya que su confrontación permite reafirmar y clarificar la verdad existente. Cuando una idea es censurada, se le niega a la sociedad la oportunidad de refutarla o aprender de ella.

Las consecuencias sociales de la censura son profundas. Limita la diversidad de perspectivas necesaria para una toma de decisiones informada, atrofia el pensamiento crítico y fomenta una cultura de conformidad. En el campo artístico, la censura sofoca la innovación y la crítica social necesaria para el progreso cultural. Por ejemplo, durante períodos de dictadura en América Latina, la producción literaria y cinematográfica se vio gravemente mermada, forzando a muchos intelectuales al exilio o al silencio. La historia demuestra que los intentos de controlar el flujo de información, si bien buscan estabilidad a corto plazo, invariablemente conducen al estancamiento social y a la erosión de la confianza pública en las instituciones.

Paradójicamente, en el siglo XXI, la lucha contra la desinformación ha creado nuevas justificaciones para la intervención estatal o corporativa en el discurso. Mientras que la censura tradicional buscaba proteger al público de ideas «peligrosas», las justificaciones modernas a menudo se centran en proteger la «verdad objetiva» o la salud pública. El desafío radica en distinguir entre la moderación necesaria de contenido ilegal o manifiestamente dañino (como la incitación directa a la violencia) y la supresión de críticas políticas legítimas o teorías alternativas. Si bien el anonimato y la velocidad de las redes sociales facilitan la propagación de mentiras, la delegación de la autoridad para definir la verdad a entidades privadas o gubernamentales representa un riesgo considerable para las libertades civiles. La transparencia en los procesos de moderación y la existencia de mecanismos claros de apelación son fundamentales para mitigar el abuso de este poder.

La censura es una herramienta poderosa que, históricamente, ha servido más a los intereses de quienes detentan el poder que al bienestar general de la sociedad. Aunque las sociedades deben establecer límites razonables al discurso para prevenir daños directos e inminentes, la tendencia a expandir estos límites para proteger sensibilidades o mantener narrativas oficiales representa una amenaza constante a los pilares de la democracia y el progreso intelectual. Un ecosistema informativo saludable requiere un compromiso constante con la apertura, la tolerancia al disenso y la confianza en la capacidad del debate racional para discernir la falsedad de la verdad.

Desde este espacio celebramos la oportunidad de expresarnos, y le deseamos que abunde siempre lo mejor, JJ.

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