La austeridad republicana duró exactamente hasta que empezó a incomodar a los propios morenistas. Durante años fue uno de los grandes símbolos discursivos de la Cuarta Transformación. No bastaba con no robar, había que vivir con sobriedad, evitar lujos, no parecerse a la vieja clase política y, como repetía López Obrador, mantenerse en la “justa medianía”. La austeridad no era sólo una regla administrativa. Era una superioridad moral.
Hasta que llegaron las propiedades, los vehículos, los viajes, los salones VIP y las declaraciones patrimoniales.
Hace unos días, Ariadna Montiel tuvo que responder por el patrimonio de varios cuadros de Morena. Su explicación fue bastante razonable en términos legales, tener dinero no es delito, y lo importante es que los recursos tengan origen lícito. Incluso sostuvo que Morena no está “contra la gente con recursos” y pidió que quien tenga algo que aclarar, lo aclare.
Perfecto. Y hasta ahí, jurídicamente, tampoco habría demasiado que discutir ahora. El pequeño problema es que ésa no era exactamente la doctrina que nos vendieron durante años.
Porque la austeridad obradorista nunca se presentó únicamente como una obligación para cuidar el presupuesto público. Se convirtió en una forma de vida, en un criterio ético y hasta en una manera de diferenciar a “los de antes” de “los de ahora”.
Entonces llegó Gerardo Fernández Noroña para completar la maroma. Al defender a Malú Mícher por la polémica alrededor de las salas Premier de Aeroméxico, explicó que la Cuarta Transformación se equivocó al trasladar la austeridad a la vida privada. Según él, una cosa es el uso de recursos públicos y otra lo que cada quien hace con su dinero.
Y así, con una sola maroma olímpica, años de doctrina quedaron reducidos a un “malentendido”.
Resulta fascinante. Cuando la austeridad servía para señalar a los adversarios, era principio, ética, ejemplo y transformación cultural. Cuando empezó a aplicarse sobre los propios, descubrimos que en realidad sólo era una política pública.
La “justa medianía” adquirió cláusulas. No se trata de exigir que un funcionario viva pobre, viaje en autobús o pida disculpas por tener patrimonio. Sería absurdo. Si sus ingresos son legales, transparentes y congruentes con lo declarado, puede gastar su dinero como quiera.
Precisamente por eso el problema nunca fue el reloj, el viaje, la casa o la sala VIP. El problema fue haber construido durante años una superioridad moral alrededor de algo que ahora resulta necesario reinterpretar.
Morena elevó la austeridad a identidad política. López Obrador la utilizó para contrastar dos formas de ejercer el poder. Sus dirigentes la repitieron hasta convertirla en catecismo. Y ahora que el catecismo incomoda, aparecen las notas al pie. No cambió el concepto. Cambió quién está siendo observado.
Quizá la nueva austeridad republicana pueda resumirse así, nada de excesos, salvo los que puedas pagar tú mismo; nada de lujos, salvo que sean privados; nada de privilegios, salvo que tengan factura.
Mucho más flexible. Mucho más moderno. Y, sobre todo, muchísimo más cómodo. Al final, Morena no abandonó la austeridad. Simplemente la actualizó. Ahora viene con asterisco.


