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Opinión, Plumas

Archivos, élites y un gran vacío de la ética

Isra Reyes
Isra Reyes
febrero 9, 2026

Por los últimos años, los cimientos del orden que conocemos han experimentado una serie de terremotos silenciosos. No provienen de guerras convencionales, sino de la erosión constante de la confianza. Las instituciones, los medios, las figuras de autoridad, parecen tambalearse bajo el peso de sus propias contradicciones. Y justo cuando creíamos que habíamos tocado fondo en el descreimiento, el Departamento de Justicia de Estados Unidos vuelve a abrir la caja de Pandora más sórdida del siglo XXI: los archivos de Jeffrey Epstein.

Esta nueva descarga, mastodóntica, de tres millones de páginas, dos mil videos y 180,000 imágenes, no es simplemente una noticia. Es un síntoma. Un síntoma agudo de una enfermedad crónica que aqueja a nuestras sociedades: la normalización de lo aberrante en los círculos del poder, y la incapacidad colectiva para procesar su magnitud. Porque aquí no estamos hablando, únicamente, de un delincuente sexual que operaba en las sombras. El espejo que estos papeles nos colocan frente al rostro refleja algo más inquietante: la proximidad, la complicidad pasiva y a veces activa, de un ecosistema de influencia.

El alud documental vuelve a señalar, con nombres y apellidos, a la constelación de poder que orbitaba alrededor de Epstein. Elon Musk y Epstein comparando agendas para reunirse en Florida o el Caribe entre 2012 y 2014. Bill Gates siendo objeto de notas escabrosas y no verificadas redactadas por el propio financiero. El magnate británico Richard Branson intercambió correos donde el interés por las mujeres parecía ser un común denominador. Y, como un fantasma omnipresente, la figura de Donald Trump, mencionado en al menos 4,500 documentos, envuelto en acusaciones graves que el propio gobierno advierte que no están corroboradas y podrían ser falsas.

Pero detengámonos aquí. Este texto no busca juzgar la culpabilidad penal de ninguno de estos nombres (eso le corresponde a los tribunales y a una investigación escrupulosa de los hechos, no a la vorágine de los titulares). Lo que nos interesa es el paisaje moral que estos vínculos dibujan. Lo perturbador no es tanto la posible implicación directa de tal o cual persona, sino la evidencia fría, burocrática y masiva de un modus operandi: Epstein no era un paria; era un nodo en una red. Un hombre que movilizaba vuelos privados, organizaba encuentros y redactaba notas sobre la vida íntima de algunas de las figuras más influyentes del planeta. Su moneda de cambio no era el dinero, sino el acceso. Acceso a un mundo de excepcionalidad donde las reglas comunes parecían suspenderse.

Y esto nos lleva al corazón del asunto: la cultura de la impunidad por proximidad. Durante años, el estatus, la riqueza y la influencia funcionaron como un campo de fuerza que disuadía el escrutinio. La sociedad, fascinada por el brillo del éxito, optó por no hacer las preguntas incómodas. Los medios, en muchos casos, trataron estas relaciones como meras curiosidades del jet-set, no como posibles indicios de algo más oscuro. Se construyó así una zona gris, un espacio de ambigüedad donde un depredador podía moverse con una insolente libertad. Los archivos, en su frialdad de millones de páginas, son el registro forense de ese fracaso colectivo.

Los archivos Epstein no son solo el expediente de un monstruo. Son una radiografía de una época que confundió el acceso con el mérito, la riqueza con la virtud, y el poder con un cheque en blanco. Mirar esa radiografía duele, pero es el primer paso, el único paso honesto, para no repetir los mismos errores. Para exigir, de una vez por todas, que la luz llegue a todos los rincones, por muy exclusivos que sean. La alternativa es seguir viviendo en la penumbra, y la Historia nos juzgará por ello.

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