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La Entrevista

La Dulcería que Creció con Saltillo: 40 Años de Historia, Azúcar y Tradición

El Ahuizote
El Ahuizote
diciembre 15, 2025

En una ciudad donde lo moderno avanza sin pedir permiso, hay rincones que parecen detener el tiempo. Uno de ellos es la dulcería de la familia Aguirre, un espacio que por más de cuatro décadas ha endulzado el día a generaciones de saltillenses. Ahí, detrás del mostrador, permanece firme Carlos Aguirre, un hombre que heredó el oficio de su padre y que hoy mantiene viva una tradición que se resiste a desaparecer.

En esta conversación, Carlos comparte recuerdos, aprendizajes y las emociones que lo acompañan cada vez que abre las puertas de su negocio.

¿Cómo nació esta dulcería que hoy forma parte de la identidad del Centro de Saltillo?

“Todo empezó con mi papá, don Antonio Aguirre Valdez. Él nos enseñó el negocio a mis hermanos y a mí desde muy chicos. Primero la trabajó uno de mis hermanos, y luego me tocó a mí. Esto es algo que se ha pasado de generación en generación. Aquí crecimos todos: entre cajas de dulces, sobres de bolos y el ir y venir de la gente.”

¿Cómo era su vida de niño dentro de la dulcería? ¿Qué recuerda de esos primeros años?

“Recuerdo que mi primera experiencia fue en un local muy pequeño en la Manuel Pérez Treviño, en pleno centro. Era chiquito, pero ahí aprendimos todo. Yo era un niño, pero ya sabía acomodar mercancía, atender clientes, preparar bolsitas… Comenzamos con un espacio modesto, pero con muchas ganas de salir adelante. Con el tiempo la gente nos fue conociendo y pudimos abrir un local más grande justo al lado. Es bonito ver cómo algo tan pequeño puede crecer con esfuerzo.”

La dulcería es conocida por sus bolos navideños. ¿Cómo fue vivir esa tradición durante tantos años?

“Los bolos navideños fueron una parte muy fuerte del negocio. En diciembre aquello era un movimiento tremendo. Preparábamos cientos cada semana: para escuelas, empresas, fábricas… Era tanto trabajo que a veces nos quedábamos hasta la madrugada. Pero se disfrutaba, porque sabíamos que esos bolos eran parte de las celebraciones de muchas familias. Ahora ya no es como antes. La gente casi no encarga, las costumbres cambiaron. Sí bajó la venta, pero la tradición sigue viva, aunque sea en menor escala.”

¿Qué se necesita para mantenerse tantos años en un negocio como este?

“Constancia y cariño por lo que uno hace. Hay días buenos y días malos, como en todo, pero a mí me gusta mi trabajo. Me gusta tratar con la gente, ver cómo entran, cómo se emocionan los niños cuando ven tantos colores. Aunque la venta baje, yo sigo porque esto es lo que sé hacer, lo que soy desde niño. Para mí no es solo un negocio: es mi vida.”

¿Cómo ha cambiado su relación con los clientes a lo largo de los años?

“Muchísimo. Con el tiempo, muchos clientes se han convertido casi en amigos. Lo bonito es ver que quienes venían de niños ahora vienen con sus hijos. Me dicen: ‘aquí compraba mis dulces después de la escuela’, y eso me llena de orgullo. También llegan personas que se fueron a vivir a otros estados o incluso a Estados Unidos, y cuando regresan a Saltillo pasan exclusivamente a comprar dulces. Me dicen: ‘nomás vine por los de siempre’. Eso me motiva muchísimo. Es como saber que este lugar es parte de su historia.”

¿Cómo enfrenta el reto de mantener un negocio tradicional en un mundo cada vez más digital?

“No es fácil. Hoy la gente compra muchas cosas por internet o va a las tiendas grandes, y los negocios chicos batallamos más. Pero creo que lo que nos mantiene es la cercanía, el trato directo, el sabor de la tradición. La gente viene aquí porque sabe que encuentra dulces que no se ven en todos lados y, sobre todo, porque se llevan una parte de su infancia. Eso no lo reemplaza ninguna tienda en línea.”

Más allá del trabajo, ¿qué le ha enseñado la dulcería?

“Me enseñó a trabajar desde muy joven, a ser paciente, a respetar a la gente y a ganarme las cosas con esfuerzo. También me enseñó a escuchar historias, porque cada cliente trae una. Este lugar es parte de mi vida. A veces pienso que no sabría quién soy sin este negocio.”

¿Cómo imagina el futuro de la dulcería?

“Me gustaría que siguiera, que alguien de la familia la tomara más adelante. Sería muy bonito que esta tradición no se pierda. Yo voy a estar aquí mientras tenga salud y fuerzas. Y mientras la gente siga viniendo, aunque sea por un dulce de recuerdo, yo seguiré abriendo las puertas.”

Para terminar, ¿qué le diría a las nuevas generaciones que quizá no conocen este tipo de negocios tradicionales?

“Que se den la oportunidad de conocerlos. Aquí no solo se trata de comprar dulces, sino de vivir una tradición. Los negocios como este cuentan historias: de familia, de trabajo y de ciudad. Y ojalá nunca se olviden, porque son parte de lo que somos.”

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