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Editorial

Gobernar sin oficio

El Ahuizote
El Ahuizote
marzo 30, 2026

En política, los errores, con frecuencia, son consecuencia de algo simple y, al mismo tiempo, delicado, la falta de pericia y formación para ejercer el poder.

El alcalde de Piedras Negras, Jacobo Rodríguez, ofrece un ejemplo claro de eso. Más allá de la coyuntura inmediata o de los episodios específicos que han marcado su gestión, lo que comienza a perfilarse es un patrón de comportamiento que trasciende lo anecdótico y se convierte en un problema estructural de gobernabilidad.

Porque lo que está en juego no es una diferencia puntual ni un desacuerdo aislado. Es una forma de ejercer el gobierno.

Desde el inicio de su administración, la constante ha sido el conflicto. Tensiones con regidores, confrontaciones en sesiones de cabildo, desencuentros con actores políticos locales y una relación cada vez más deteriorada con distintos sectores, incluyendo a los medios de comunicación. Los episodios no son hechos aislados; forman parte de una conducta que se repite.

Y en política, cuando los conflictos dejan de ser excepcionales y se vuelven rutina, el problema ya no es el entorno, es el método.

A este tipo de dinámicas se suma un factor adicional que suele pasar desapercibido en el análisis público, pero que resulta determinante en la práctica, la capacidad de interlocución. Un gobierno municipal no opera en aislamiento. Depende de su relación con el cabildo, con el gobierno estatal, con actores económicos, sociales y con la propia ciudadanía. Cuando esa interlocución se rompe o se deteriora de manera constante, el margen de acción del gobierno se reduce.

La política local, particularmente en municipios con alta actividad económica y relevancia estratégica como Piedras Negras, exige una lectura fina del entorno. No basta con tener una agenda propia; es necesario articularla con los distintos actores que inciden en la vida pública del municipio. Esto implica construir canales de comunicación, generar confianza y, sobre todo, establecer mecanismos de coordinación que permitan avanzar incluso en contextos de diferencia.

Cuando esa capacidad no existe, el resultado es predecible, aislamiento político. Y el aislamiento, en el ejercicio del poder, no es neutral. Es un factor que limita, desgasta y eventualmente condiciona la viabilidad de cualquier proyecto de gobierno.

Uno de los momentos más ilustrativos de este caso, son las sesiones de cabildo en las que, lejos de construirse acuerdos, se evidencia una ruptura interna que exhibe la incapacidad del alcalde para articular mayorías. El cabildo, que debería ser el espacio institucional para el diálogo y la construcción de consensos, se ha convertido en un escenario de confrontación abierta.

Ese tipo de episodios no sólo debilitan la imagen de la administración municipal. También afectan la capacidad operativa del gobierno. Porque gobernar no es imponer. Gobernar es construir.

Y construir implica negociar, ceder, acordar y entender que el poder institucional no se ejerce en solitario.

Aquí es donde aparece uno de los problemas de fondo, la confusión entre administrar y gobernar.

Administrar un negocio puede implicar tomar decisiones unilaterales, optimizar recursos bajo criterios propios y operar con márgenes de discrecionalidad amplios. Gobernar, en cambio, exige algo distinto, operar dentro de un marco institucional, respetar contrapesos, generar acuerdos y construir legitimidad de manera constante.

Son lógicas distintas. Y cuando se intenta trasladar la lógica empresarial al ejercicio del poder público sin entender sus límites, los resultados suelen ser problemáticos.

A esta confusión se suma otra variable relevante, la diferencia entre autoridad formal y liderazgo político. El cargo otorga facultades legales, pero no garantiza legitimidad operativa. Esa legitimidad se construye en la práctica, a partir de decisiones consistentes, capacidad de interlocución y resultados tangibles.

Un alcalde puede tener atribuciones legales amplias, pero si no logra alinear a su cabildo, coordinar a su equipo y establecer relaciones funcionales con otros niveles de gobierno, su margen real de acción se reduce. En términos prácticos, el poder se fragmenta.

Esto es especialmente visible en contextos donde las decisiones requieren respaldo colegiado. El cabildo no es una formalidad; es un órgano deliberativo que, en muchos casos, determina la viabilidad de políticas públicas, presupuestos y proyectos estratégicos. Sin mayoría funcional o sin acuerdos mínimos, la administración se vuelve vulnerable. Y esa vulnerabilidad no es jurídica, es política.

A esto se suma otro elemento que ha sido constante en el análisis de este caso, la percepción de represalias o tensiones con la prensa. La relación entre gobierno y medios de comunicación, aunque históricamente compleja, cumple una función esencial en los sistemas democráticos, informar, cuestionar y generar contrapesos desde el ámbito público.

Cuando esa relación se deteriora, el costo no es únicamente de imagen. También afecta la capacidad del gobierno de comunicar, de posicionar su agenda y de generar legitimidad frente a la ciudadanía. Porque no basta con gobernar. También hay que explicar, justificar y sostener públicamente las decisiones.

Otro elemento relevante es la forma en que se ha respondido a los conflictos. En lugar de desescalar tensiones, la dinámica ha sido, en diversos momentos, intensificarlas. Esto genera un círculo vicioso donde cada conflicto alimenta el siguiente, elevando el costo político de cada decisión.

En lugar de contener, se responde. En lugar de negociar, se endurece la postura. Este tipo de dinámica puede generar la percepción de firmeza en el corto plazo, pero en el mediano plazo suele producir desgaste.

Y el desgaste, en política, tiene costos. Costos en credibilidad, costos en operación, y costos en resultados. Porque mientras la energía del gobierno se concentra en la confrontación, se desvía de su función principal, resolver problemas públicos. Y ahí es donde los efectos comienzan a hacerse visibles.

Cuando una administración se ve constantemente envuelta en conflictos internos, la agenda pública se diluye. Las prioridades se desordenan. Los resultados se vuelven secundarios frente a la necesidad de gestionar crisis políticas permanentes.

No es un fenómeno exclusivo de un municipio ni de un partido. Pero sí es un fenómeno recurrente en contextos donde el acceso al poder no viene acompañado de formación política ni de experiencia en la administración pública. El ejercicio del gobierno requiere oficio.

El concepto de “oficio político” no es una abstracción. Implica habilidades concretas, negociación, manejo de crisis, construcción de mayorías, lectura del entorno y capacidad de adaptación. Son herramientas que se desarrollan con experiencia, pero también con formación.

Cuando el gobierno opera sin estas herramientas, el resultado suele ser una administración reactiva, enfocada en responder a conflictos en lugar de prevenirlos. Y en ese proceso, la agenda pública se diluye. El gobierno deja de conducir… y comienza a administrar crisis.

El caso de Jacobo Rodríguez también abre una reflexión más amplia sobre los procesos de selección de perfiles dentro de los partidos políticos.

Este fenómeno no es exclusivo de un municipio ni de un partido político en particular. Forma parte de una tendencia más amplia en la política contemporánea, la incorporación de perfiles sin experiencia en la administración pública bajo la premisa de que la gestión privada es equivalente al ejercicio del gobierno.

Si bien existen casos exitosos, la generalización de esta lógica ha demostrado sus límites. La gestión pública no sólo implica eficiencia operativa, sino responsabilidad institucional, rendición de cuentas y capacidad de articulación política.

El sector público opera bajo reglas distintas, con mayor exposición, mayor escrutinio y mayor complejidad. No se trata únicamente de tomar decisiones, sino de hacerlo dentro de un entramado normativo, político y social que condiciona cada acción.

Ignorar esta diferencia suele derivar en conflictos, desgaste y, eventualmente, en resultados por debajo de las expectativas.

En el caso de Piedras Negras, lo que se observa es una administración que enfrenta dificultades para construir acuerdos internos, mantener relaciones institucionales estables y sostener una agenda de gobierno enfocada en resultados. Esto significa que el entorno político en el que se desarrollan está marcado por un nivel de conflicto que limita su impacto. Y en política, el contexto importa tanto como la acción. Un gobierno puede tener buenas intenciones, incluso buenas ideas, pero si no logra articular consensos, su capacidad de implementación se reduce.

Porque las decisiones no se ejecutan en el vacío. Se ejecutan en sistemas complejos donde intervienen múltiples actores. Y coordinar esos actores es, precisamente, una de las funciones centrales del gobierno.

La pregunta entonces no es únicamente qué se está haciendo, sino cómo se está haciendo. Y en ese “cómo” es donde aparecen las mayores debilidades.

El caso de Piedras Negras no es, por ahora, una crisis terminal. Pero sí es un ejemplo claro de cómo la falta de oficio político puede convertirse en un factor de desgaste acelerado.

La gobernabilidad no se pierde de un día para otro. Se erosiona. Se erosiona con cada conflicto mal manejado, con cada acuerdo que no se construye, con cada oportunidad de diálogo que se desaprovecha. Y cuando esa erosión se vuelve constante, el margen de maniobra se reduce.

El poder sigue ahí, pero cada vez pesa menos. Porque en política, el verdadero poder no está en el cargo. Está en la capacidad de ejercerlo con eficacia.

Lo que ocurre en Piedras Negras debe analizarse no sólo como un episodio local, sino como una señal de alerta sobre la importancia del perfil en el ejercicio del poder. La política no es únicamente acceso a cargos; es capacidad de conducción.

Cuando esa conducción falla, el impacto no se limita al ámbito político. Se traduce en decisiones retrasadas, proyectos inconclusos y una ciudadanía que percibe inestabilidad en su gobierno.

El reto, en este caso, no es únicamente corregir errores puntuales, sino reconstruir condiciones mínimas de gobernabilidad. Eso implica modificar formas, replantear estrategias y, sobre todo, entender que el poder no se sostiene en la confrontación permanente. Se sostiene en resultados. Y los resultados, en política, siempre pasan por una condición previa, la capacidad de gobernar.

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